Ricardo había llegado hacía casi un año y estaba instalado en la casa como si hubiera nacido en ella. No le resultó sencillo, pero tampoco para nosotros fue fácil la resistencia. Ni aún para el abuelo.
Solón, desde el principio -como es natural- lo imaginaba inmóvil en su plato y a lograr ese objetivo hubo de dedicar sus esfuerzos, tan frecuentes como infructuosos. Aprendió a realizar sus aproximaciones con un sigilo impropio de su condición, tal vez copiado del que utilizaba Ricardo para moverse por la casa. Sin embargo, la habilidad adquirida no le sirvió de nada, ya que la capacidad de reacción del gato superaba por lejos a todos y cada uno de los patéticos intentos de mi perro.
Además Ricardo -así habíamos comenzado a llamarlo unos días después de su arribo-, parecía esmerarse en trasmitir, con la elegancia de sus movimientos, con sus huidas siempre restringidas a los ámbitos en los que estábamos en cada circunstancia, esto es, sin desaparecer de nuestra vista, con el garbo con que una vez sentado en el sitio donde decidía reposar, indefectiblemente inalcanzable para Solón y con su mirada serena y algo burlona, la certeza de su invulnerabilidad, al menos frente a éste.
Probablemente influenciado por la frustración de Solón y por sus protestas, con las que se estaba poniendo pesadamente insistente, también empecé a preocuparme por la personalidad del felino. No obstante, no tenía mucha idea de a quién recurrir en consulta.
Del abuelo bien poco podíamos esperar. Era muy viejo, tanto que algunos en el pueblo decían que debía tener más de cien años. No parecía tener ninguna enfermedad, si es que no consideramos como tal los estragos con que los años fueron desdibujando su cuerpo y su mente.
Otro tanto sucedía con Ignacio, quien se mantenía bastante prescindente sobre los litigios entre Solón y Ricardo. A decir verdad, la indiferencia era la actitud normal del pollo.
Un inesperado suceso que tuvo lugar por esos días, terminó de confirmar que no estábamos en presencia de un gato cualquiera.
Ocurrió que llamó alguien a la puerta de nuestra casa. Como siempre, Solón se me adelantó con los ladridos agudos y desquiciantes de su carácter de cuzquito flaco y esmirriado. Cuando llegué y abrí la puerta, encontré a dos mormones con su clásico aspecto de fuera de nota, al menos en mi pueblo montañés, su pelo corto impecablemente peinado, sus trajes negros, la plaquita identificatoria en el bolsillo superior del saco, en fin, toda esa cosa que ya te empieza a volar los patos, aún antes de que comiencen a promocionar la salvación eterna o ese tipo de servicios relacionados.
A pesar de ser frecuente en estos pueblos pobres y algo abandonados, la aparición de cuanto predicador suele andar suelto por la región, siempre he tratado de comportarme educadamente, por lo menos en las primeras palabras ante cada visita.
- ¡Basta Solón, cortála! -Comencé por liberar a los jóvenes del asedio de mi perro- ¿Qué necesitan?
A partir de ese momento se desarrolló un diálogo de sordos, en el cual yo no distinguía el tipo de producto que me ofrecían y ellos no terminaban de aceptar como convincentes mis negativas a escucharlos.
Al fin, terminaron por ceder. Sin embargo, uno de ellos, el más alto, hizo aún una apreciación más:
- Veo que tiene un jardín enorme. ¿Querría acoger un cocodrilo?
- Mire, le agradezco su oferta. Es cierto, el jardín es grande, pero como verán también, no hay demasiada agua. Creo que para un cocodrilo eso es fundamental, ¿no?
- Bueno, verá, ya está bastante acostumbrado, y creo que con tal de no seguir caminando, agarra viaje con lo que venga. Lo único que necesitaría es un riego abundante con una manguera. ¿no es cierto, Alteza? Concluyó su frase mirando sonriente hacia un lado de la calle.
Seguí su mirada y efectivamente comprobé que a unos treinta o cuarenta metros de mi puerta, se dirigía cansinamente hacia nosotros el reptil, que mostraba un evidente aspecto de agotamiento.
- Disculpe mi curiosidad, pero ¿usted lo llamó alteza?
- Si, claro. Lo que pasa, es que no se trata de un cocodrilo cualquiera. En realidad es una princesa que sufrió un encantamiento del brujo Orr que la dejó en el estado en que la ve ahora.
- Bueno, lo siento,muchachos. Ya un bicho como este me parece una complicación, pero si además hay brujos y encantamientos de por medio, lo aconsejable, para mi gusto, es mantenerme al margen de este tipo de asuntos.
En ese momento quedamos alelados. Desde el interior de la casa escuchamos un terrible rugido. Los dos muchachos me miraron interrogantes. En cuanto a Solón y yo, no atinamos a establecer el origen de semejante fragor, ya que el abuelo apenas si era capaz de balbucear en voz baja y no siendo él, la única presencia viva podría ser la de Ricardo. Pero lo más extraordinario fue la conducta del cocodrilo. Con un gesto de inocultable terror se aferró con sus cortas patas delanteras a la pierna del rubio que había tratado la cesión conmigo y miraba en dirección a la casa.
- ¿Qué habrá sido eso? Pregunté como si alguien (aparte de mi, como dueño de casa), estuviera en condiciones de responder, mientras me volvía y encaminaba mis pasos hacia la puerta.
Entré, intentando no evidenciar el miedo que naturalmente sentía. Sin embargo el interior de la casa aparecía absolutamente normal. El abuelo estaba sentado en su silla, con la mirada como siempre perdida en algún punto lejano delante suyo. En uno de los estantes de la pequeña biblioteca que había en el living, Ricardo, tranquilamente echado me miraba con indiferencia. Busqué por toda la casa, pero fue en vano. No encontré nada que explicara el misterioso rugido.
Salí y antes de decir palabra alguna creo que mi cara expresó con elocuencia mi desconcierto, porque uno de los muchachos se adelantó a esbozar una explicación:
- ¿Tal vez habrá sido un trueno?, a pesar de que el magnífico día que teníamos y el sol radiante que se hacía sentir fuera de los sitios de sombra no sólo desvirtuaba la ocurrencia, sino que la convertía en ligeramente ridícula.
- No sé, en la casa no vi nada anormal, no me explico…
- Bueno, ¿qué dice? ¿quiere hacerse cargo de la princesa?
Debo admitir que a pesar de mis prevenciones, la presencia en casa de una princesa encantada, resultaba algo verdaderamente excitante. Pensé además que como en todo encantamiento, debía existir, de alguna manera, la fórmula para volver al cocodrilo a su naturaleza original. Y recordé que cierta vez Ignacio había mencionado algo sobre un hada conocida de él. Tal vez debería consultarlo antes de rechazar al reptil.
- Está bien, acepto. Dije, mientras me hacía a un lado para que el cocodrilo entrara.
- Bien, bien. Se nos está haciendo tarde. Gracias por su atención y por hacerse cargo de la princesa. Era inocultable la repentina prisa con que los mormones se deshicieron del abrazo del cocodrilo, dieron por concluido el encuentro y se alejaron.
El todavía algo receloso animal entró y se encaminó directamente a la sombra de unos arbustos, entre los cuales se echó más para ocultarse (me dio la impresión), que para descansar.
Con un encogimiento de hombros, aunque también con cierta especie de reverencia (Me impresionaba un poco tratar con una princesa, a pesar de su aspecto actual), le dije que enseguida me ocuparía de su comida y entré en la casa seguido por Solón.
Un rato más tarde, mientras comenzaba a preparar la comida, traté de imaginar cual podría ser un alimento adecuado para el cocodrilo. Pensé en apelar a la experiencia del abuelo pero lo descarté de antemano dadas sus dificultades para comunicarse. En ese momento, Ricardo se encaramó y se sentó en el marco de la ventana frente a la mesada de la cocina. Le comenté entonces mis pensamientos pero me sorprendieron los de Ricardo.
- Mire Don Raúl, creo que lo mejor que podríamos hacer es darle al animal éste un buen garrotazo en la cabeza y prepararnos para saborear unas buenas brochettes de cocodrilo.
- ¡Ricardo! Se trata de una especie en extinción. ¿Cómo podés pensar en comerlo? Además, nunca supe de un gato al que lo tentara la carne de cocodrilo.
- Bueno, no es de mis comidas predilectas, pero tratándose de aportar a la solución del problema…
El perro entró en la cocina y se sumó al diálogo:
- Don Raúl, cualquiera que sea su problema, no creo que lo ayude consultarlo con ese apestoso gato. Y si de comida se trata, por lo que alcancé a escuchar, sugiero una vez más que lo sacrifiquemos e improvisemos algún buen estofado.
- Tu impotencia para lograr por vos mismo tus sangrientos propósitos, nido de pulgas ambulante, te impulsa a la indignidad de buscar la ayuda humana.
- ¡Bueno ustedes! ¡A ver si la terminan! Sorpresivamente, era Ignacio el que irrumpía con su reproche a los dos animales. Dirigiéndose a mi:
- Don Raúl, no se preocupe por la comida del cocodrilo. Él ya resolvió su problema. Se comió al abuelo.
Para los tres, fue como un baldazo de agua helada. ¡Nos habíamos olvidado del Abuelo! Corrimos hacia el comedor y nos horrorizamos frente al espectáculo del cocodrilo, que, con expresión satisfecha, justo en ese momento estaba eructando ruidosamente. ¡Del pobre Abuelo, sólo quedaban en el piso las dos partes de su reconocible dentadura postiza!
Un minuto de silencio. Ningún homenaje, no. Sólo pensábamos que hacer. Ignacio interrumpió los hilos de nuestros pensamientos:
- Ricardo debería darnos alguna idea. Después de todo, por él está el cocodrilo aquí.
- ¿Ve lo que le digo siempre, don Raúl? El mejor destino para este pollo es la olla, acotó Solón.
- Momento, momento –me apuré a intervenir- No descalifique Solón. ¿Qué quiere decir, Ignacio?
- Ustedes deben saber que mi lugar, en el palo más alto del gallinero, es un lugar de privilegio para oír a los moradores de la noche, esos entes en parte materia, pero fundamentalmente espíritu y energía. Ellos son quienes saben todo lo que sucede, hablan de ello, comentan, opinan, enjuician. Pues bien, parte de esos murmullos me dijeron que hace mucho tiempo, un poderoso de las tinieblas llamado Orr encantó a una princesa, convirtiéndola en cocodrilo. Seres aún más poderosos, indignados por la maldad que impulsó la acción de Orr, decidieron castigarlo convirtiendo a éste en gato y lo condenaron a vagar por el mundo hasta que aquella princesa a la que es hora que nombremos, Ludmilla era su nombre, recuperara su forma original.
Por esos imponderables que ni los espíritus más poderosos dominan, ambas mutaciones comparten hoy la misma morada. Pero el otrora terrible Orr hoy es un simple gatito, una vulgar mascota que seguramente nada podría hacer, salvo rugir, si tuviera que enfrentar a un cocodrilo, que aunque algo disminuido en sus instintos y aún ignorante de su origen, sin duda lo despacharía de un simple coletazo. Esa es la angustia que ha hecho presa aquí de nuestro común amigo Ricardo y de ahí sus consejos que apuntan a deshacerse de tan peligroso adversario.
- ¿Esto es verdad, Ricardo?
- Bueno, en términos generales podría decirse que la versión del pollo se aproxima algo a cierta especie de realidad. A pesar de todo, me gustaría discutir aquellos aspectos puramente míticos que la aderezan. Eso de “poderoso de las tinieblas”, “maldad” o “vulgar mascota” son términos peyorativos con los cuales el pollo persigue mi desprestigio y….
- Bueno, bueno, no es este el momento para discutir esas cosas, Ricardo. De cualquier modo, creo que con el abuelo, el cocodrilo quedará satisfecho por hoy. Mañana intentaríamos ver si hay alguna solución equitativa para el diferendo y además si podemos hacer algo por Ludmilla.
Todo quedó en meras intenciones, lamentablemente ya que con el amanecer, Ignacio se apresuró a traernos la noticia de que Ludmilla, o bueno, el cocodrilo –no sería justo imputarle estas cosas a la princesa- se comió a Ricardo. Al parecer, esa no habría sido la voluntad consciente del animal. Dijo Ignacio que el cocodrilo resultó ser sonámbulo y comenzó a caminar en mitad de la noche sin propósito definido como es usual en quienes padecen de esta anomalía. Ricardo, que parecía bastante nervioso, tal vez estuviera excesivamente mal predispuesto y no bien lo vio, debió haber interpretado el movimiento como preámbulo de un ataque, por lo cual se enervó y empezó con sus bufidos de temor o ira, vaya a saber, pero el resultado fue que el cocodrilo se sobresaltó –ya se sabe: No conviene despertar a un sonámbulo- y de una sola dentellada concretó la temida ingesta.
El hecho motivó un cónclave de emergencia. Solón manifestó que si bien no lamentaba la desaparición del felino, le preocupaba la escasa selectividad que había evidenciado el cocodrilo en la elección de sus consumos y el riesgo que implicaba su necesidad de un bocadito de medianoche.
Por mi parte, lo único en que atinaba a pensar era en un diálogo civilizado con el reptil, como para conocer el fondo de sus intenciones. Sin embargo, fue Ignacio el que aportó la solución. Expuso brevemente su idea de invocar a un hada, específicamente a la Dama Verde de Caerphilly, que por vivir preferentemente confundida entre los vientos, sería seguramente la más accesible desde nuestra región. La idea nos pareció apropiada porque era posible que el hada lograra desencantar a la princesa, lo cual nos evitaría pensar en deshacernos del cocodrilo, cosa que no deseábamos por natural compasión, pero además porque no teníamos la más vaga idea de cómo matar un cocodrilo, ya que coincidimos en la necesidad de una solución drástica y perentoria.
Salimos al jardín y efectuamos los tradicionales conjuros. En unos segundos se levantó una perfumada brisa y como traída por ella, una bella adolescente se corporizó frente a nosotros.
Ignacio, que sin duda era el más leído entre nosotros acerca de estas cuestiones, se mostró extrañado por la ausencia del ropaje de color verde que caracteriza a la Dama, pero ella prontamente clarificó la situación, explicándonos que la cantidad de invocaciones que se realizaban había requerido de una cierta organización en su mundo, motivando el establecimiento de turnos de guardia. Ella, Alseide, era quien debía atender durante toda una semana.
Luego de agradecer su presencia que –dijimos- nos distinguía (Ignacio, por lo bajo y muy brevemente, nos había ilustrado sobre la predilección de Zeus por esta joven), le explicamos el problema.
La joven Alceide, consultó rápidamente una especie de pequeño registro que extrajo de su corpiño y se dirigió al lugar desde donde nos contemplaba atentamente el cocodrilo. Nosotros, aunque con algún temor, la seguimos.
Alceide pronunció algunas palabras en un idioma desconocido -tal vez inglés, acotó Solón- y se quedó un instante aguardando. Nada sucedió. Con un leve, aunque inocultable gesto de fastidio, el hada hizo aparecer una varita en su mano y con ella tocó repetidas veces la cabeza del cocodrilo. Sin embargo, seguía sin suceder nada. Luego de una breve espera, sacó de su corpiño lo que imaginamos como una especie de pequeño manual, ya que lo consultó un par de veces mientras realizaba nuevos movimientos de su varita o pases, seguramente con mayores poderes que las anteriores acciones, aunque me pareció percibir en Alceide un nuevo gesto, tal vez una simple mirada, pero esta vez de, ¿desorientación? No obstante, me apresuré a contener con una imperativa seña, los primeros bufidos de impaciencia del cocodrilo.
Poco después dio por concluido el rito, dirigiéndose entonces a nosotros con un cierto tono de alivio en su voz:
- Bueno, ya está. Tenía un encantamiento muy fuerte, lo cual produce cierta demora en los efectos, pero la cosa anduvo bien. Antes de cuarenta y ocho horas la princesa recuperará su condición original.
Nos deshicimos en muestras de agradecimiento por su habilidad y dedicación y al advertir la hora, no pudimos menos que invitarla a comer antes de retirarse. Ella aceptó con gusto. Solón y yo nos miramos al caer en la cuenta que no teníamos gran cosa para preparar una comida digna de nuestra bienhechora, por lo que optamos por asar a Ignacio. La verdad es que nos salió muy bien, bastante crocantito, lo que impulsó al hada a prodigarnos palabras de halago, luego de lo cual se despidió, no sin anunciarnos que la princesa Ludmilla, de puro reconocimiento, seguramente optaría por tomarme como esposo. En el momento esta noticia me preocupó ya que siempre he sido opuesto a la realeza, pero preferí no decir nada.
En fin, que nos quedamos sin conocer la conclusión de la historia de la princesa, ya que esa noche un camión atropelló al cocodrilo y, como mucho más tarde lo supimos, los desaprensivos conductores optaron por cargarlo en el vehículo y vender luego su piel a una fábrica de marroquinería en Brasil.
rfyamul
marzo de 2007
domingo, 25 de marzo de 2007
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