miércoles, 18 de abril de 2007

Deolindo Apelaza

El escritorio de Román Chamot aparecía excesivamente cubierto de papeles y carpetas. No se advertía en el conjunto que un orden determinado estableciera algún tipo de secuencia para su tratamiento o para cualquiera que fuese la actividad que con ellos debiera realizarse. Pero el cerebro de Román Chamot no le iba en zaga. Su mirada vagaba de uno de aquellos papeles, al parecer un informe impreso y firmado por alguien, a las paredes de su despacho o mucho más allá, al horizonte imaginario que podría dibujarse detrás de ellas. Sus pupilas parecían acompasadas con el errático torbellino de su mente. La cuestión que provocaba tal estado surgía del papel, efectivamente, un simple informe: Breve, lacónico, terminante. Pensó en Deolindo Apelaza. De hecho él era el centro de la confusión de sus pensamientos. Ellos iban y venían, pero Deolindo Apelaza estaba siempre allí. Era el eje.

El auto del doctor José María Hanzaut lanzado a excesiva velocidad, zigzagueaba en un tramo recto del camino de montaña. No había casi tránsito a esa hora, las siete de la tarde, pero las banquinas, en algunas partes descalzadas, representaban un inminente peligro para el ocupante del auto, lo cual no parecía haber sido advertido por él.

El doctor Hanzaut conducía su auto con las manos crispadas sobre el volante. Era consciente de haber bebido más de la cuenta, pero estaba alegre y canturreaba una canción de moda a media voz, mientras hacía esfuerzos por ver el camino, que por momentos se le antojaba como oculto en medio de súbitas ráfagas de niebla. No alcanzaba a procesar a nivel consciente que sus ojos se entrecerraban como consecuencia de los efluvios del alcohol, casi palpables en el auto cerrado con cada exhalación del aire de sus pulmones.

Ahora se dirigía descontrolado hacia la banda izquierda del camino y pensó que debería corregir ese rumbo. No era tan difícil. Un movimiento mínimo del volante bastaría. Si sus manos obedecieran a su mente, pensó, sería tan simple como eso. ¿Por qué estarían tan agarrotadas?

Deolindo Apelaza dio el último golpe de pico en el suelo pedregoso. Se irguió, apoyó las manos en la cintura e inclinó el cuerpo y la cabeza hacía atrás; era el gesto maquinal de aliviar sus vértebras y columna que reaccionaron con un par de crujidos. Trabajosamente, recuperó la posición vertical y miró hacia el valle. Debían ser como las siete de la tarde, pensó. El sol totalmente oculto ya tras las montañas, había permitido que las sombras se hicieran dueñas del valle. Miró el tramo de canal que había abierto aquel día y esbozó un mínimo gesto que pudo ser una mezcla de conformidad y algo de satisfacción. Cuarenta pesos representarían las diez horas de duro trabajo. Al día siguiente irían con su mujer al mercado del pueblo. Esas diez horas de hoy equivalían a yerba, leche para el más chico, azúcar, papas, harina, algo de carne para las dos chicas más grandes, en fin, la comida para los cinco durante la siguiente semana.

Aunque había aún abundante luz, sería bueno ponerse ya en camino: Pensó Deolindo Apelaza. Le aguardaba una caminata de más de cinco kilómetros y sería de noche cuando llegara al rancho. Se miró las manos, duras, encallecidas y, sobre todo, doloridas. Se las frotó con fuerza, se encogió de hombros, colgó del pico el bidón del agua casi vacío, se lo echó al hombro y empezó a andar. Cruzó un alambrado y luego de doscientos metros a campo traviesa, salió al camino de ripio. Tomó por la banquina izquierda y alargó el paso.

Alicia Montero hizo un último intento y logró quitar el aguijón que la avispa dejara clavado en el dorso de su mano derecha. Miró la diminuta espina entre los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, maldijo por lo bajo y frotó los dedos entre sí para deshacerse de ella. Luego friccionó el lugar donde el insecto le había picado y finalmente subió en la bicicleta y comenzó a pedalear hacia el camino. Maquinalmente miró el reloj de la Municipalidad. Eran ya casi las siete y Deolindo estaría volviendo a la casa. Ella llegaría antes, con tiempo suficiente para darles la leche a los chicos, bañar al más pequeño y poner el agua a calentar para que su marido encontrara todo listo para el mate cuando llegara.

Atrás quedaron las últimas casas del pueblo cuando dio un giro abierto para tomar el lado derecho del camino, bien pegada a la banquina. Estaba cansada luego de cuatro horas de trabajo. Para colmo, ese día su patrona había decidido que hiciera limpieza a fondo y había pasado demasiado tiempo de rodillas, encerando los pisos de madera. Pero estaba contenta, porque la señora la había premiado con tres pesos extras, satisfecha por el brillo de los pisos y ella había decidido que siendo una ganancia adicional, bien se podía dar el lujo de comprar un paquete de cigarrillos para compartir con Deolindo. Hizo un gesto con su mano derecha, tirando un mechón de pelo hacia la nuca, tomó firmemente el manubrio con las dos manos y apuró el pedaleo.

Pensó que en la semana debería traer a su hija mayor al hospital por ese dolor de estómago que no se le terminaba de pasar. Deolindo insistía con un empacho, pero ella no creía en esas cosas. En ese instante, un auto se desvió de la mano opuesta del camino a gran velocidad y se dirigió directo a ella embistiéndola y haciéndola saltar por el aire, rebotar contra el parabrisas y finalmente, ya muerta, caer en el medio de la ruta.

Álvaro Iglesias, Juez en lo penal, apuraba la firma de los últimos expedientes del día. Casi sin leer, apenas si escuchaba alguna que otra explicación o aclaración que le formulaba el Secretario del Juzgado, Héctor Dimaro. Ya eran pasadas las siete de la tarde, había sido un largo día plagado de situaciones complicadas y, además, su esposa había llamado ya dos veces para recordarle la comida con sus amigos. Quedaban sólo tres expedientes, “cuatro” corrigió el Secretario, agregando el que había mantenido en su mano izquierda. El Juez firmó y se levantó. Saludó al Secretario y a una Oficial que aún tecleaba en su computadora y se retiró.

Héctor Dimaro, Secretario del Juzgado, trajo los expedientes concluidos con la firma del Juez y los depositó en su escritorio. Se sentó, encendió un cigarrillo, atrajo hacia sí la pila de documentos y tomó el que la coronaba, el último firmado ese día. Lo abrió y buscó la parte que le interesaba. La que atribuía la muerte por accidente de Alicia Montero, “luego de las exhaustivas investigaciones y pericias realizadas, a un indubitable hecho fortuito”, en base a lo cual, disponía la falta de responsabilidad penal del sujeto José María Hanzaut, conductor del automóvil. El Secretario sonrió apenas, cerró el expediente, saludó a la Oficial y se retiró.

Lucas Di Fiore, Juez en lo Civil, giró sus manos poniendo las palmas hacia delante, transformando en gesto su decisión de que no le quedaba nada por hacer y dictó a su secretaria la parte final de la sentencia, “declarando que atento a la eximición de responsabilidad penal del demandado, D. José María Hanzaut, conductor del automóvil, correspondía rechazar el pedido de resarcimiento monetario, formulado por Deolindo Apelaza”.

Miriam Apelaza, de cinco años, la mayor de los tres hijos de Deolindo Apelaza y de la finada Alicia Montero, trataba de consolar o entretener a sus dos hermanos menores, Lucía de tres años y Jesús de dos que lloraban, como ella misma lo estaría haciendo si no tuviera que cuidar y ocuparse de los otros chicos. Ella también tenía miedo, como el de ellos. Ella también tenía hambre, como el que a ellos les acuciaba el estómago. Pero su papá le había dicho que ella no debía llorar, porque si lo hacía Dios se enojaría y la castigaría. Sus manos sucias de tierra, dejaron su negra huella, al mezclarse con las lágrimas en la cara de Jesús, cuando la acarició en el vano intento de que él detuviera su llanto. Al mirarlo, no pudo contener la risa. Lucía la miró curiosa y siguiendo la seña de su hermana, contempló la cara de Jesús, surcada por gruesos hilos negros que se secaban ya en el rostro del chico y luego de un instante de vacilación, también se echó a reír. Podrían haber reído con más ganas tal vez si hubieran entendido algo del soliloquio de su padre unos días atrás, mientras les preparaba la polenta. “Ya no tendrán que llorar tanto, porque van a poder comer todo lo que necesiten. ¿Vieron ese depósito que abrieron, allí nomás, a una cuadra? Es de una empresa muy grande. Allí voy a trabajar. ¿Saben? Es chiquito, tendré que hacer muy pocas cosas, sólo cuidarlo, pintarlo, cargar alguna que otra garrafa. Voy a cuidar las plantitas, voy a cortar el pasto, seguro que van a poder ir a jugar allá y van a estar conmigo. Les voy a prepara yo la comida, les podré dar la leche. Porque voy a ganar muy bien. Voy a ganar tanto dinero en cada mes, como no he tenido nunca todo junto. ¡Lástima, carajo!, ¿no? Lástima que la Alicia no esté acá. Pero va a estar contenta la Alicia, porque ella está con Dios y ella nos ve, seguro que nos ve. Seguro que por ella conseguí el trabajo. Por ella y claro, por Dios. Porque Dios es muy bueno y nos cuida. Los cuida a ustedes. Seguro que la Alicia se lo pidió. Ella los cuidaba mucho a ustedes”. Pero claro, Miriam y los chicos no entendían nada de eso. Y tenían hambre. Y tenían miedo.

Deolindo Apelaza entró en el rancho. Sus hijos corrieron hacia él. Alzó en brazos a Jesús mientras sintió a Miriam y Lucía abrazadas a sus piernas, felices por su regreso, luchando por contarle, una antes que la otra, que Jesús tenía lágrimas negras. Dejó a su hijo en el suelo y sacando de su mochila un sachet de leche, se dirigió a la cocina, agitó la garrafa para comprobar que aún tenía algo de gas, encendió la hornalla. Con los dientes nomás abrió el sachet, vertió el contenido en la lechera y la puso al fuego. Esperó a que se entibiara la leche y les sirvió a cada uno de sus hijos una taza. Enseguida dio unos pasos, levantó la cortina que dividía en dos el rancho y se dejó caer en la cama.

Miriam Apelaza dejó la taza y tomó el osito de felpa viejo y magullado, su juguete de todas las horas. En el mismo momento, escuchó un ruido seco y extraño que venía desde el lugar que hacía las veces de dormitorio de su padre. Miró a sus hermanos, pero ellos permanecían ajenos, concentrados en terminar su leche. Se bajó de la silla y se dirigió hacia la cortina.

Román Chamot, leyó por última vez el párrafo que ya conocía de memoria: “Deolindo Apelaza. Informe pre-ocupacional. Se ha detectado una espina bífida. No apto para trabajos que requieran esfuerzos”.

Miram Apelaza no encontró a su padre en la cama. Se quedó inmóvil, seria, con las manos caídas al costado del cuerpo, la izquierda sosteniendo apenas el osito, porque al levantar la vista lo vio. Miraba sin comprender, los ojos abiertos en la cara inclinada de su padre, colgado del cuello con un cinturón sujeto a la cumbrera del rancho. Se dio vuelta, regresó hacia donde aún sus hermanos seguían sentados a la mesa. Se sentó en el piso, contra la pila de leña y se puso a acunar a su osito.


rfyamul
Abril de 2007

La recolectora de huevos

Encontré a Iván frente a la casa del doctor Kincanion, cuando aún faltaban cinco minutos para las doce del mediodía.
Me resultó extraña su presencia allí a la sombra de un árbol en la vereda, porque tuve la sensación de que me estaba esperando. Sus primeras palabras confirmaron mi presunción:
-¡Hola, flaco! Te estaba esperando.
-¿Por qué no entraste?
-¡No, no! Me da cierta cosa, entrar y estar ahí con Kincanion. Por ahí, no tengo tema para sacar conversación y vos sabés, mejor que el tema no lo saque él.
-¡Che Iván! ¡No es para tanto! ¡Le vas a hacer fama de charlatán al doctor!
-Bueno, no podemos decir que sea corto de lengua. Pero no, en realidad lo que pasa es que cuando se pone a parlar de algunas cosas, muchas veces me quedo en ayunas, pero si hay alguien más, puedo disimular que estoy en bolas.
Ya habíamos llegado a la puerta, pero antes de tocar el timbre, ésta se abrió y apareció una joven que no conocíamos. Según la imagen que nos habíamos construido con los demás muchachos, el doctor Kincanion no tenía familia o al menos no vivía con él, de manera que tanto Iván como yo quedamos algo cortados por la sorpresa.
-¿Cómo les va? ¡Adelante, por favor! Soy Liliana, la secretaria del doctor Kincanion, aunque en este momento, como ustedes, estoy invitada a comer. Pasen, pasen…
Creo que nos tuvo que animar, porque estábamos los dos estúpidamente petrificados. No sólo era la sorpresa de encontrarnos con que el doctor Kincanion tenía una secretaria, a la cual nunca había mencionado, sino que además ambos coincidíamos en el mudo interrogante de para qué cuernos querría nuestro excéntrico amigo una secretaria, por otra parte, llamativamente hermosa, con unos ojos verdes, chispeantes, que dejaban ver una singular lucecita pícara en el fondo de sus pupilas y con un cuerpo, ¡Ay! exquisitamente remarcado por un pantalón de jean elastizado, tipo pescador y una remera corta sin mangas, que provocó que admiráramos más de la cuenta una piedrita que usaba en el ombligo.
Afortunadamente, reaccionamos y la seguimos hasta el quincho detrás de la casa. No sabía yo y me pareció que lo mismo sucedía con Iván, que el doctor Kincanion tuviera en una casa como aquella, de aspecto confortable, distinguido y elegante, un gallinero como el que alcanzamos a percibir en el fondo del terreno. Sabíamos, claro está, de la permanente presencia de Ignacio, el pollo mascota, pero nunca se nos había ocurrido pensar que también vivieran allí los familiares de Ignacio.
Al darme cuenta de que Liliana había tomado nota de nuestra sorpresa, intenté alguna explicación:
-No sabía que al doctor pudieran interesarle las gallinas. Naturalmente, todos conocemos a Ignacio, pero…
-¡Oh, no es que le interesen tanto per se, pero hace tiempo que las tiene porque le son necesarias para el trabajo que está realizando. Salvo Ignacio, por supuesto. ¡Ignacio, Ignacio!, ¿Dónde estás precioso? ¡Pobrecito, Ignacio! ¡Está de lo más preocupado por el trabajo del doctor! ¡Le alteró su tranquilidad!
En efecto, Ignacio, -que apareció ante el llamado de Liliana-, tenía un aspecto extraño, parecía más bien algo tristón, antes que preocupado, pero la siguió hasta que ella, ya en el parque, se dirigió hacia un extraño armatoste ubicado en el lado izquierdo del terreno.
Una vez allí, se colocó una máscara para soldadura eléctrica. Tomó la pinza de la soldadora y comprobó la masa con la naturalidad de quien domina el oficio, tocando con el electrodo una planchuela de hierro de las que parecían sostener el aparato, que ya mirándolo con mayor atención, parecía un simple tanque de agua, aunque con algunos aditamentos cuyo objeto por supuesto no era comprensible para nosotros.
-¡Hola, muchachos, adelante! Nos animó Kincanion, que venía desde el gallinero, luciendo un aspecto tan extraño y sorprendente como todo lo que habíamos estado viendo desde el mismo momento en que pusimos el pie en aquella casa. Vestía un guardapolvo gris, excesivamente largo, lo cual hacía su figura aún más enjuta de lo que era, llevaba un gorro como el que usan los cirujanos en el quirófano, aunque en este caso, del mismo color del guardapolvo, unos antiparras sobre la frente y en su ojo derecho, lo que parecía ser una lupa de relojero.
-¡Pasen, pasen, no se queden ahí parados! Falta un poco para la comida. ¡Liliana! Dejá eso, ya está bien! ¡Por favor, serviles un vermucito, aquí, a los amigos! ¡Vengan, vengan! ¡Van a ver algo que les va a interesar!
Tomé la delantera, decidido a acabar con el papel algo ridículo que se me ocurría que estábamos haciendo. Iván, por su parte, parecía como si estuviera confirmando los reparos de que me había hablado antes de entrar y se lo veía algo confuso y todavía vacilante. No obstante, me siguió hacia el gallinero que era el lugar al que nos guiaba el Dr. Kincanion. Éste, en ese momento se detuvo de golpe, como si hubiera recordado algo, miró su reloj y nos indicó:
-Pero no, ya es casi la hora, así que mejor nos quedamos al lado del sistema receptor, lo ven en acción y después les muestro los detalles. Creo que es más didáctico, ¿no?
-Esteee, bueno…, sssi…, tal vez…jumm… si-. No había caso. Seguíamos haciendo el mismo papel.
Volvimos hacia la casa, como si fuéramos hacia la puerta de lo que sin duda era la cocina. Antes de trasponerla, nos detuvimos frente a lo que únicamente podría definir como un aparato. Había una… bueno, obviamente no lo era; si la hubiera visto en otro sitio hubiera dicho que era una…, pero bueno, no, no lo era. Era un recipiente de acero, elíptico, cóncavo de 8 mm de profundidad, truncado en uno de los vértices del eje de las abcisas. Dicho eje tenía un largo de 78 mm, según manifestó el doctor Kincanión, aunque ello era evidente, siendo el eje de las ordenadas de 40 mm. El vértice truncado se continuaba como una pequeña placa casi triangular, con su base opuesta al recipiente. Esta placa tenía 48 mm de largo, con un ancho de 7mm en su parte más angosta y 11 mm. en lo que sería su base. De los 48 mm de largo, sólo eran visibles 27 mm, ya que por su extremo más ancho, se insertaba en un cilindro de 112 mm de largo y 15 mm de diámetro. Este cilindro, de un plástico rígido y resistente, en el extremo donde recibía la inserción tenía un aro de 11 mm de largo por 13 mm de diámetro, que evidentemente actuaba a modo de abrazadera, inmovilizando la placa metálica y con ella, por supuesto, todo el recipiente, adherida al cilindro. El mismo estaba sujeto por sus laterales en la parte central, a cierto dispositivo sobre el cual ostensiblemente bascularía, si no estuviera contenido por un fino resorte de 25 mm de largo, que iba desde el extremo opuesto al recipiente, hasta uno de los terminales de un relay. Todo este dispositivo se encontraba en el costado de una especie de caja, o –mejor- de un esqueleto de caja ya que estaba sólo formada por sus aristas de aluminio. En el lado opuesto, había otro dispositivo con un recipiente similar al primero, aunque éste estaba en posición vertical sobre un elemento de basculación como el que había visto. Sin embargo, en el centro del cilindro alargado, este recipiente se apoyaba en un fino caño telescópico, que en realidad no era tal, sino un delgadísimo cilindro hidráulico, a estar a la explicación del doctor Kincanion.
No pudimos seguir interiorizándonos de mayores detalles porque en ese momento Liliana mirando su reloj, le anunció al doctor Kincanion que ya era la hora. Nos quedamos en suspenso, sin saber a la hora de qué suceso se refería la joven, pero nuestro pensamiento fue interrumpido por el cacareo de una gallina.
-¿Lo oyeron?- Dijo el doctor Kincanion, con un dejo de excitación en la voz.
-¿Qué cosa? ¿A la gallina? Si claro, habrá puesto…
Pero me callé porque se desencadenaron una serie de minúsculos sucesos que me dejaron, supongo que a Iván también, desquiciadamente sorprendido.
Aparentemente el cacareo de la gallina había producido algún tipo de efecto en el tanque en el que había estado trabajando Liliana. Se oyó algo así como un chapoteo en su interior y vi que desde un caño que estaba conectado al tanque terminado en un codo en ángulo recto suspendido sobre el recipiente a nuestro lado, caía un fino chorro de agua. Al llenar el recipiente, el peso venció la tensión del resorte, lo que produjo el cierre de un relay. La señal eléctrica consecuente se desplazó por un fino cable que llegaba hasta el gallinero, (seguramente terminando en algún otro dispositivo, ya que escuchamos un sonido que se prolongó en otro similar), como si fueran dos los mecanismos que estaban actuando. Simultáneamente con la finalización de los sonidos, vimos con el más comprensible de los asombros cómo un huevo salía despedido desde el gallinero y se dirigía hacia nosotros.
No fue en realidad hacia nosotros. Advertí, por la curva de la trayectoria que traía, que se dirigía directamente hacia el recipiente colocado en el lado de la caja, opuesto al que estaba frente al grupo que formábamos el propio doctor Kincanion, Iván y yo. ¡Ah! Ignacio se había agregado hacía unos momentos y seguía tan compungido como antes. Creo que realicé un pequeño movimiento instintivo, para evitar la salpicadura inevitable en el momento en que el huevo reventara contra el recipiente que parecía aguardarlo, ominoso. Para mi sorpresa, cuando ya el huevo parecía pronto a chocar contra el acero, el cilindro hidráulico comenzó a desplazarse hacia atrás, arrastrando naturalmente al recipiente que basculaba sobre el dispositivo-eje. La calibración del movimiento era sin duda tan precisa, que igualando la velocidad de caída del huevo, hizo que éste, en lugar de chocar, se apoyara suavemente y quedara allí por un instante, hasta que una pequeña compuerta disimulada en la pared que daba a la cocina se abrió y entonces apareció una mano de goma que formaba con la palma y los dedos una especie de cuenco, sobre el que la… bueno…, el recipiente, impulsado por un perno que apoyaba en uno de los costados de su parte convexa, al girar, dejo caer el huevo. De inmediato la mano se retiró y todo volvió a la normalidad. El doctor, se frotó las manos con satisfacción:
-¡Excelente, excelente, unos pocos detalles y esto estará totalmente listo! ¿Qué les pareció?- Iván tomó la delantera:
-¡Qué bárbaro, no? ¿Para que sirve?- Lo miré desaprobadoramente y quise, en cierta forma, atenuar el juicio que me pareció implícito en la pregunta de Iván:
-¡Sin duda que es maravilloso, aunque… ¿Cómo diría?...¿Algo exótico tal vez?
-¡Ah muchachos, muchachos! ¡No se preocupen, porque los entiendo! ¡Es la tecnología! ¡La evolución! ¡El avance tecnológico! Desarrollé esta técnica para un amigo que va a poner un local de venta de huevos frescos. ¡Creo que llevará al sumun, la certeza del enunciado! ¡Huevos frescos! ¡Más que eso! ¡Comprobablemente fresquísimos!
-Con la misma extrañeza fueron recibidos los primeros celulares, ¿No doctor?- Apoyó, tal vez algo ingenuamente, Liliana. Y cambiando oportunamente el curso del diálogo:
-Bueno, doctor, ya está la comida…
-¡Ah, bueno, hubiera querido mostrarles a los muchachos el resto del dispositivo, pero no importa, lo veremos después de comer, ¿Tienen hambre?
-No hay problema, doctor, como usted quiera. Si le parece lo vemos ahora- Iván parecía querer compensar con su interés, la pregunta de antes.
-¡No, no, la comida no espera! Además se los puedo ir describiendo. Habiendo visto la receptora, entenderán fácilmente el resto.
Nos sentamos a la mesa, en medio de los consabidos comentarios ad-hoc, risas, ruido de sillas, incluso alguna invitación a Ignacio para que compartiera la reunión, pero el doctor Kincanion lo disculpó:
-No, Ignacio preferirá sin duda no estar.
-¿…?
-Pero bueno. Si no les incomoda, les voy contando sobre el equipo.- Dando por descontada la respuesta, continuó:
-Como ustedes comprobaron se integra con tres módulos: El que vieron aquí, es el módulo receptor. En el gallinero ubicamos el módulo que recoge y arroja los huevos. Está integrado básicamente por dos unidades idénticas a las que vieron en el receptor, esos recipientes elípticos cuyas características les describí en ese momento. Uno de ellos, recibe el movimiento que le imprime un conjunto de relay y cilindro hidráulico, que opera con la señal que le envía el disparo de la unidad de aquí. La unidad aquella, se desplaza por una especie de riel y se introduce en el nido, recogiendo el huevo recién puesto. Al recibir el peso, por una inversión de fase, cambia el sentido del movimiento del pistón hidráulico, por lo cual el huevo es retirado hacia atrás. Cuando un sensor de imagen, detecta que ya está fuera del nido, hace actuar un tope que, como sucedió con la unidad que deposita el huevo en la mano, provoca que el huevo quede situado sobre la otra unidad idéntica. En este caso su componente, también hidráulico le imprime un movimiento de catapulta. Naturalmente, la parte más delicada, que es la que concluía cuando ustedes llegaron, es la calibración en altura y azimut de la unidad, lo cual se efectúa regulando dos pequeños cilindros hidráulicos complementarios. En cuanto al elemento disparador de la operación, no es otra cosa que el anuncio de la gallina de que su huevo está disponible. El cacareo actúa sobre un audio sensor colocado en el exterior del tanque. La excitación del sensor genera una corriente eléctrica de baja intensidad que es recibida por el hocico de un pez específicamente entrenado mediante el sistema de educación de reflejos condicionados. Al sentir la corriente, el pez gira y nada hasta a el punto opuesto del diámetro del tanque y empuja una pequeña válvula que permite la salida del agua, la que ustedes vieron en el momento en que puso en disposición al módulo receptor y originó la señal de recolección del huevo. Lo demás, los relays complementarios, los resortes más finos, las cuerdas de reloj, en fin, todas esas cosas más pequeñas, que no por ello, pueden dejarse de lado en la calibración, tienen por objeto coordinar los movimientos de la totalidad del sistema.
-¡Pero es genial!- Atiné a decir.
-Salió bien, sí, pero debo aclarar que fui inspirado en un instante, mientras miraba unas ilustraciones del ataque de los alemanes a Sicilia, en el intento de devolverle el trono de esa región a Constanza, que como ustedes saben, era la legítima heredera. Allí, viendo las catapultas que arrojaban esas piedras redondeadas por efectos del mar y la erosión, fue cuando encontré la solución para el problema.- El tono del doctor Kincanion fue de agradecida modestia. –Hay que tener en cuenta también que armé todo con utensilios y cositas que tenía por acá. Seguramente podré mejorar la perfomance del equipo, cuando recurra a la utilización de circuitos integrados. Pero bueno, coman, coman, por favor, porque mi cháchara los privará de disfrutar de la comida. ¿Viste, Liliana? Yo te anuncié que Ignacio no querría compartirla.
-¡Qué sensible! Acotó Liliana con un ligero desdén.
-Pero, ¿Cuál es el problema de Ignacio? Se interesó genuinamente Iván.
-Es por el caldito de gallina. ¿Salió bueno, no? Lo hicimos con una tía muy cercana de Ignacio. Esas cosas lo ponen de la nuca al pobre Ignacio.
Debe de haber estado muy buena la comida. Pero, corazón sensible al fin, no pude probar bocado.

Rfyamul
Abril de 2007

lunes, 9 de abril de 2007

Si todas las madres (Mensaje)

Señora mamá, o mejor, querida amiga:

Quiero hablarte hoy sobre dos o tres cosillas que te permitirán criar a tu hijito, con la seguridad de que el día de mañana será un hombre de provecho y de ninguna manera, cabrá la posibilidad de que sea actor de televisión, analista de sistemas o predicador en Groenlandia de las eternas llamas infernales.
Para empezar mi querida, te hablaré de la deglución:
Cuando el niño es sometido a tortura para que ingiera determinados alimentos, es afectado el proceso de la deglución según lo analizo a continuación:
Cuando le ofrecés zapallo hervido, puerro, acelga, mazamorra y similares: El alimento en la boca listo para ser deglutido se comprime o es expulsado voluntariamente hacia atrás, por aplicación progresiva de la lengua contra el paladar. En este momento, son estimuladas las zonas receptoras del reflejo de deglución que rodean el istmo de las fauces; no querida, no. No es como la boca del subterráneo en día de paro. Digamos mejor que es una partecita de la boca. Bueno, te hablaba de las zonas receptoras del reflejo de deglución, especialmente las que se encuentran a nivel de los pilares amigdalinos; de allí salen impulsos hacia el tallo cerebral, para desencadenar la siguiente serie de contracciones musculares faríngeas: Perdón, ¿Cómo querida? Bueno, dulce, si lo ves mejor así, sea. Los pilares amigdalinos, que son cual los dientes del peine. ¿Qué cual peine? No sé mi tesoro, el que más te guste, o si lo preferís, alguno que tengas en desuso, ¿Si? Continúo entonces:
El paladar blando se eleva para ocluir las coanas ¡Ja! evitando así que los alimentos refluyan a las fosas nasales.
¡Ja! ¿Qué me contás? ¿Qué podría decir tu amiga Felisa de esto, eh?
¿Qué no tenés una amiga que se llame Felisa?
Es sólo un supuesto. Claro, claro, si, entiendo. Bueno y ¿Cómo se llama tu amiga? ¡Ajá! Entonces, ¿qué podría decir Rita de esto?
Nada, claro. No hay con qué darle. El paladar blando se eleva. Así nomás. Porque si no se elevara ¿que pasaría? Sencillo. ¡Se hacen mierda las coanas!
¿Tenés idea querida amiga sobre la cantidad de gente que anda por el mundo con las coanas hechas pelota?
¿Te gustaría que tu pequeño fuera uno de ellos? Bien entonces sigamos:
Los pliegues palotofaríngeos de ambos lados de la faringe, ¿Cómo? Bueno, se podría decir que…Bueno, que sí. Digamos entonces -¡Claro que sí! ¡De este modo, Rita lo va a entender mejor! ¡Seguro amorosa!- Digámoslo así entonces:
Que los pliegues que corren como cordones de una vereda se aproximan a la línea media y se forma así una hendidura longitudinal que los alimentos habrán de atravesar para llegar a la faringe posterior. ¡De eso se trata tesoro! ¡Exacto! En general las verduras luego de arrasar con las coanas por la falta de elevación del paladar blando, actúan, casi se podría calificar de criminalmente, sobre los pliegues palotofaríngeos trabándolos, casi inutilizándolos, a fin de evitar que formen la hendidura longitudinal. ¿Te das cuenta?
Para que lo sepas… si, claro, también Rita, se han detectado casos agudos con la lechuga en que una mínima porción de hoja se las ha arreglado para que los palotofaríngeos ni siquiera se den por enterados de que hay alimentos a la vista.
¡Qué diferente es la situación con la milanesa a caballo!
Casi creo poder asegurarte…, asegurarles, si, a las dos, que ante su ingestión, además de las situaciones que se pueden analizar más adelante, los palotofaríngeos ni siquiera deben esperar la acción de las coanas.
Graficando muy bien sin duda, alguien metaforizaba acerca de las reverencias que los caballeros debían hacer en la corte de Luis XIV, estableciendo la analogía con la actitud de los palotofaríngeos. Es verdaderamente una reverencia la que éstos realizan ante la milanesa. La llegada del huevo frito o aunque más no fuera el sonido de los dientes en su primer contacto con las crocantes papas fritas, prácticamente producen una verdadera y eufórica sinfonía de coanas, paladar blando y palotofaríngeos, esforzándose por enviar a tales delicias, con los debidos homenajes al esófago, que –podríamos decir- palpita en ese instante a pura emoción. Pero acabemos con la digresión, queridas y continuemos.
Las cuerdas vocales se aproximan notablemente y la epiglotis bascula hacia atrás sobre el estrecho laríngeo superior…
¡Claro! ¡Ya lo imagino! No va a faltar tu vecina detractora, porque siempre la hay ¿no es cierto? ¿Qué? ¿Quién? ¡Ah, viste?
Doña Redecinda estará diciendo seguramente ¿Y con eso qué?
La misma displicencia con que seguramente ella responde ¡Dejáme de hinchar las pelotas! cuando su pobre marido ruega con una lágrima en el ojo que le planche el calzoncillo, la misma insensibilidad, esa desabrida actitud de desapego, sostiene muy probablemente su indiferencia, si le mencionás la basculación de la epiglotis.
¡Pobre, pobrecitos de los niños que pueden tener a tantas doñas Redecindas por madres!
Pregunto: ¿Tan poco te importa Doña Redecinda la basculación de la epiglotis de tu hijo? Pues te digo para que lo sepas, que sin esa basculación, sin ningún problema, ¡los alimentos irían a parar a la traquea, tan rápido como tu llave al ojo de la cerradura! ¡Ahhhh! ¡Ahora te preocupa! ¡La señora ha perdido su impasibilidad! ¡La señora se conmueve! ¡Qué bien! Pero ¡Qué bien! Más vale tarde que nunca, dicen.
Pero mi querida señora, déjeme decirle algo. ¡No me engaña! ¡No le creo! ¿Y sabe porqué no le creo? Sencillamente, por que quien es capaz de descerrajar con total impunidad un acelgazo, un zapallitazo o un puerrazo está conformado de tal manera que seguramente muy pocas cosas pueden conmoverlo.
¡Y usted, mi querida, mi apreciada, mi estimada Doña Redecinda!, es de esos. Usted es uno de ellos. Medran en la oscuridad de tenebrosas cocinas, mientras en horribles y tiznados calderos se revuelven repugnantes zapallitos en espera de iniciar su misión de devastación.
¡Pero sépalo de una vez y para siempre! Decimos con el Santo, que “será más fácil que un camello pase por el cuello de una botella, que una gota de nata sea servida en el reino de los cielos!
Yo he escuchado en tiempos pasados, mi estimada vecina, descripciones de alguna otra señora a la que me ha solido unir cierto vínculo, digamos, familiar, sobre las actividades en la cocina de la casa. ¿Usted cree por ventura, que la imagen casi idílica que pretendía pintar de su cocina, se compadece con el hervor de inmundos zapallitos y asquerosas acelgas?
No, dulce, no. Esa cocina ideal podría corresponderse con una buena milanesa, con dos o tres suculentos huevos fritos, con una fuente repleta de papas fritas, con los mismos huevos descansando debajo de un rebosante plato de fideos con manteca, pero jamás con los nauseabundos olores de la zanahoria hervida o el gelatinoso deslizar de un puerro anche una cebolla de verdeo en el borde del plato.
¿Cómo dice usted, querida? ¡Ah, si, perdone. Es que la imagen de Doña Redecinda casi me ha desquiciado. Si, ¿Decía? ¿Qué pasa en tanto con la laringe? ¿Qué ocurre con el hueso hioides? ¡Ahhhh! ¡Veo que le va interesando!
El movimiento de los músculos que se insertan en el hueso hioides produce el ensanchamiento del orificio superior del esófago, al mismo tiempo que los tres o cuatro centímetros superiores del mencionado esófago, la zona llamada esfinter esofágico superior o esfínter faringoesofágico se relaja, con perdón de la palabra, permitiendo que el alimento se desplace libremente desde la faringe posterior hacia el interior del esófago.
¡Pues a los torturados no se les relaja nada! ¡Ni un cacho! ¡Minga de relajación! ¡Querés relajación? ¡Buscate una orgía! ¡No habrá relajación posible del faringoesofágico en tanto persistas en tu actitud querida!
¿O qué crees? ¡Porque estás aquí sentada, cómoda, sin apuro, estás segura? ¡No pibita! ¡Para nada! ¡Sólo estás en el ojo de una tormenta! ¡Lo peor está por venir!
Pero no. Tal vez no pueda. Me hacen señas mis amigos, de que las fotos son algo duras para ser mostradas aquí.
¡No, no! ¡Nada del otro mundo! Incluso puedo hablar de ellas, aunque no las muestre.
En una de ellas, se ve a un niño en el acto de ingerir una zanahoria hervida, una hoja de repollo sancochada, y lo que parecería ser una hojilla de cebolla de verdeo, todo esto metido en alguna oscura sopa y… ¿Qué? ¡Ah! No queda casi tiempo.
Bueno mi querida, también para vos Rita y ¿Por qué, no? Para usted también Doña Redecinda:
Sepan todas amigas, que ¡Existiendo la milanesa con papas y huevos fritos, jamás la humanidad podrá llamarse como tal y pretender alcanzar ningún tipo de Edén, sin antes haber abjurado del arroz con leche, la gordura en la taza de ídem y la verdura hervida!

rfyamul
Abril de 2007

domingo, 8 de abril de 2007

Kincanion y la transmigración de las almas

Una muerte que empezó a ocurrir hace setecientos años.
La frase del doctor Kincanion –casi un susurro-, la primera que pronunciaba desde que se había sentado con nosotros, interrumpió un cruce de divagaciones que se venían sucediendo desde las palabras de Juan:
-Che, miren, ayer murió un obrero en la obra de enfrente.
Los tres restantes integrantes de la mesa, Roberto, Iván y yo, luego de mirar maquinalmente el diario que estaba leyendo Juan, dirigimos de inmediato la vista hacia el edificio en construcción, en la esquina que hacía cruz con El Escorial como si hubiéramos esperado descubrir vaya a saber qué huellas del suceso comentado.
-¿Cómo fue? Roberto retornó con su atención a Juan.
-Se vino abajo desde el andamio…debe ser aquel, el más alto- indicó Juan. Todos fijamos la vista en el lugar señalado.
-Se están dando mucho estas cosas. La semana pasada en Haedo…- Dijo Iván.
-¡Qué fatalidad!- Se lamentó a su vez Roberto
-¿De qué fatalidad me hablás? ¡Es la poca bola que le dan a la seguridad!- Algo belicosamente, hizo su aporte Juan.
Y así habíamos seguido unos minutos, hasta que el doctor Kincanion, que parecía abstraído sin conectarse con el tema que nos ocupaba, concentró, de pronto, el interés de la mesa.
-“Una muerte que empezó a ocurrir hace setecientos años, repitió, como atendiendo a cualquier eventual distracción de uno de nosotros.
- ¡Doctor! ¿Qué le pasa? ¿Empezó temprano con la ginebra?
Iván era el único del grupo que solía permitirse alguna que otra broma con el doctor Kincanion, aunque siempre en el mismo tono de respeto que era inalterable en nuestro trato con él.
Había sido así desde el día en que se sentó por primera vez con nosotros, creo que invitado por alguno de los otros muchachos que solían formar parte de la mesa. Dialogaba muy poco, aunque solía hablar bastante. Generalmente, sus intervenciones se centraban en opiniones, que, a menudo, terminaban siendo la conclusión de cualquier tema que se estuviera tocando. No sé si por su aparente erudición o porque le llevaba tanto tiempo y palabras desarrollarlas que cuando concluía, nadie se animaba a insistir con el mismo tema, por temor a que otra intervención del doctor, creara la molesta situación de ser dejado sin oyentes ante las huidas más o menos disimuladas de los agotados contertulios.
A veces parecía cierto tipo de augur, cuando no daba la impresión de haber llegado desde algún misterioso pasado. En su ausencia, eran habituales las bromas sobre su presunto dominio de alguna extraña mancia. En cuanto al título, no sabíamos siquiera si tenía algún fundamento. Pablo, uno de los mozos del bar, lo había llamado así alguna vez, suponíamos que impresionado por su tono doctoral o bien tomándolo para la joda, pero le había quedado; todos empezamos a llamarlo doctor y él nunca aclaró su eventual derecho al título. Quizá contribuía al efecto general de su imagen una mascota a la que nunca parecía abandonar. Se trataba de Ignacio, un pollo tuerto que llevaba en un bolso de rafia y que tenía con su amo una simbiosis tal que no nos sorprendía cuando éste lo convidaba con un sorbo de café o un traguito de ginebra. El doctor Kincanion dedicó a Iván una afectuosa y algo condescendiente sonrisa por toda respuesta y comenzó a complementar la frase con que había atraído nuestra atención:
-Tal vez todo haya empezado con Bickel-Zander y su monumental obra “Der pyramidalen Aufbau ist überholt”; estoy hablando, claro, de la edición del año 1342 a cargo del Ausgabe Monastery des Hohen Baviera. Con precisión suiza –no hay que dejar de lado que en esa época los suizos ya llevaban casi mil años desde su exitosa invasión de los territorios de lo que era la antigua Germania-, desarrollaba sus postulados a través de los cuales abominaba en forma terminante del obsoleto sistema de construcción piramidal y anticipaba que tarde o temprano, lo sucedería la opción vertical.
Nuestro absorto silencio lo incitó a continuar:
-Como ustedes saben, la difusión de las obras escritas en esos tiempos no era ni por asomo, la de hoy. Mucho se debía a que ni siquiera habían nacido los padres de Gutemberg, pero principalmente a que casi nadie sabía leer, salvo alguno que otro monje en los retirados monasterios.
-¡Ah, si! ¡Como “En el nombre de la rosa”! Acotó entusiasmado Iván.
-Así es, así es- Corroboró indulgentemente Kincanion y retomó el hilo del relato:
-Lo cierto es que la obra de Bickel-Zander despertó enconadas resistencias y como no podía ser de otra manera, finalmente lo condujo a la hoguera y al exilio, pero lo que es peor, significó la condena, por parte del Santo Oficio, no sólo de ella sino de la totalidad de su producción científica
-¡Siempre lo mismo con los curas! ¡Carajo! Se indignó Juan.
-Es que con la educación del pueblo, se les acaba la clientela-. Sentenció Roberto.
Me apresuré a evitar las fatales digresiones, pidiéndole a Kincanion:
-Pero siga doctor, cuente… ¿Y?
-Gracias. Hay que admitir que las proposiciones de Bickel-Zander no eran fáciles de digerir. Construcciones verticales. Seguramente nadie se privó de asociar con la Torre de Babel.
-Pero ahí hubo un problema idiomático-. Razonó Roberto que parecía más informado que el resto de nosotros.
-Eso es lo que se dijo.- Concedió el doctor. –Pero en realidad se difundió la versión para ocultar la verdadera preocupación. La construcción vertical iba contra toda la preceptiva. Las Sagradas Escrituras, ¿lo ven? ¿Cuáles iban a ser entonces los límites de aquello? ¿El cielo? Sin embargo, la mirada teológica impidió que se advirtiera la innovación revolucionaria en el campo de la tecnología. Porque el problema de la construcción vertical no era tanto teológico como técnico. Si la obsesión que representó para los teólogos la Torre de Babel no hubiera impedido su continuación, hoy esa torre no sería más recordada que los primeros intentos por esquilar las cabras. Sencillamente, porque la construcción se hubiera frustrado igualmente en muy poco tiempo. ¿Y saben por qué?
Las últimas palabras del doctor Kincanion ocasionaron una ansiosa curiosidad, no exenta de sorpresa y hasta de cierto grado de incredulidad. Él parecía satisfecho del efecto logrado y creo que lo saboreó por unos instantes.
-Amigos míos, porque el sistema utilizado para esa construcción vertical fue esencialmente el mismo durante miles de años. Siempre se utilizó el método piramidal. ¿Qué hacían? Construían taludes, cada vez más extensos según progresaba la altura de la obra, dado que la pendiente no podía superar determinada inclinación. Naturalmente, el área de la obra requería extensiones inusitadas y los movimientos y transporte de suelos eran realmente faraónicos, si se me disculpa esta pequeña e involuntaria ironía. Tiempo después se comenzó a experimentar primero y luego utilizar, el método que se dio en llamar “Luctari et laborare in solum. Deinde surgere sursum” Es decir, construir el objeto, el monumento, el edificio, en el suelo y una vez concluido, pararlo, levantarlo…
--¿En el suelo? ¿Pararlo? ¿No era medio complicado? No me doy cuenta en qué consistía la idea, se me ocurren varios inconvenientes…
-Lo que logró el Santo Oficio con la desaparición de la obra de Bickel-Zander, fue enterrar durante doscientos años el más importante avance en la técnica de construcciones; Kincanion interrumpió la enumeración que se avecinaba por parte de Alfredo y siguió:
-Por supuesto que quedaban cosas por resolver. Se trataba de la idea básica solamente, pero ustedes se darán cuenta de que era realmente revolucionaria.
-Bueno, si, es cierto, pero el tal Biquel…
-Bickel, Bickel-Zander…
-Si, eso, pero él no dijo cómo hacerlo…
-Meros detalles. La revolución estaba implícita en la frase “Vertikaler aufbau”. Construcción vertical. Nada que ver con hacer el edificio en el suelo y luego levantarlo.
-Bueno… claro…, bah no sé, pero doctor, ¿Por qué doscientos años?
-Es buena la pregunta, se ve que aquí, el amigo Alfredo no se quiere perder nada-. El aludido disfrutó del halago, pero no quiso interrumpir el curso del relato del doctor. -Corrían los años 1508, 1509, en fin, los primeros tiempos de los trabajos encomendados por el Papa Sixto IV a Miguel Ángel, cuando un día, creo que fue entre el dos y cuatro o cinco de abril de 1509, arribó una de las cargas con la provisión de yeso, cal y pigmentos que se utilizaban en la obra…
-¿La obra? ¿Usted se refiere a…
El silencio invitante de la pregunta fue captado piadosamente por el Dr. Kincanion, quien acudió en su ayuda:
-Exacto. Hacía poco más de un año que Miguel Ángel había comenzado en la bóveda, con las nueve escenas de la Biblia. Ya lo saben, esos frescos insumieron ingentes cantidades de material. El principal proveedor era Giovanni Luciano da Montórfano, pintor él mismo además, que seguramente formó parte de esa formidable camada de artistas que produjo el Renacimiento, aunque por desgracia, sólo una de sus obras ha sido hallada. Quizá debamos pensar que su pintura fue precursora, ya que para el 1509 su medio de ganarse la vida era exclusivamente la venta de materiales, lo cual nos indica que hacía mucho que había dejado de pintar. Era bastante viejo, era bastante sordo y tenía muy poca movilidad. Sin duda todo esto impactaba en el ritmo de avance de las obras, ya que la descarga de su carretón, podía insumirle hasta cinco días. Es probable que únicamente mantuviera su puesto de proveedor del Papado debido al respeto y la confianza que se había ganado no sólo entre los artistas, sino también entre los curas. Por eso tal vez, en los largos períodos de descanso, a los que debía recurrir mientras ponía en el suelo su carga, podía dedicar unos minutos a curiosear por ahí. El día a que me refiero, su deambular se extendió algo más y llegó hasta un recinto cuya pesada puerta de piedra estaba circunstancialmente abierta, “Estarán limpiando” –habrá pensado Giovanni- ya que probablemente se hubiera cruzado con el monje guardián con baldes y detergentes. La entrada del lugar ostentaba un primer cartel que rezaba : “Hic intus Index” y otro con la leyenda “¡Stultus! ¡Non entrare!”. Haciendo caso omiso de la recomendación, Giovanni dio unos pasos dentro de un gran salón envuelto en penumbras y se asombró ante las altísimas pilas de libros y papiros allí depositados. Al azar, ojeó algunos de ellos, pero se detuvo en uno en particular, del cual le llamaron la atención unas palabras que apenas entrevió “…et laborare in solum…”
-¡Qué ojo el tipo, eh? Se asombró Roberto, pero coincidimos todos.
-No sé, no sé…- Dudó Kincanion. –A veces uno se pone a especular… Pero bueno, ya llegaremos a eso. Lo cierto es que Montórfano guardó el documento en el bolsillo de su mandil, en tanto se aseguraba de que su gesto no fuera visto por alguien.
-Y se las habrá tomado más pronto que ligero… Lo llegaba a ver un cura…- Fue el comentario de Iván.
-O el Papa…- Aportó Juan. Pero Iván dudó:
-Che, el Papa no iba a andar controlando por los pasillos; para eso tendría un montón de alcahuetes…
Roberto: -Ja ja, lo veo al Papa: “¡Praedo! ¡Qui factum!
Iván: -¿Y eso?
Roberto: -“¡Ladrón! ¡Que haces!” Algo me acuerdo del latín. De cuando estudiaba con el hijo del señor Cateura…
Pero Kincanion no iba a dejar que se esfumara su relato con estas disquisiciones, de manera que con una ligera tosecita, reclamó atención:
-Como intentaba decirles, Montórfano terminó con la entrega del material, se despidió, algo nervioso, -eso si- y se apuró a regresar a su casucha de la Vía Valeriano. Desechó la comida con la que lo esperaba su esposa Franca y corrió a instalarse en su banco, detrás de unos lienzos que hacían las veces de cortina. Nada más sabemos de esas horas y de esos días. ¡Qué extrañas revelaciones habrán iluminado su mente! ¡Qué diálogos secretos habrá mantenido y con quién! ¿Qué habrá hecho Franca con la comida? Cuando por fin dejó su aislamiento, un nuevo cuadro lucía en su caballete.
Hace unos años tuve la fortuna de hacerme de una reproducción del cuadro, ya que el original, finalmente desapareció. Se teoriza con que terminó en manos de la CIA, pero jamás se lo volvió a ver. No parece encerrar nada misterioso si se exceptúa que las imágenes incluidas en el cuadro representan estructuras que por supuesto, Montórfano no podía conocer. Ello ha permitido deducir que había leído el manuscrito de Bickel-Zander en su totalidad, antes de encarar su obra. Sobre un fondo de lo que hoy serían sin lugar a dudas edificios de varios pisos, el pintor ha trazado una elevación o pequeña lomada. En su parte más alta, cuatro personas, tres hombres y una mujer, están incorporando un edificio similar a los del fondo. El artista los ha fijado en ese momento en que ya parecen haber cristalizado su propósito, es decir, que si bien el ángulo de inclinación, tal vez no supere los cuarenta y cinco grados, es evidente que están a las puertas de alcanzar el objetivo final, que no puede ser otro que dar al edificio su posición vertical definitiva.
Los últimos aspectos del relato del Dr. Kincanion al parecer estaban ejerciendo en la mesa un efecto, si no soporífero, al menos de casi mortal aburrimiento. Alguno de los circunstantes había pedido con ligero disimulo otra vuelta de café, Juan doblaba una y otra vez el diario como si lo estuviera preparando para el bolsillo del saco, y yo mismo, -debo admitirlo,- y sin “al parecer” miré la hora, elevando ostensiblemente la vista hacia el reloj detrás del mostrador, sin atender el detalle de mi reloj en la muñeca.
Se me ocurría que si bien, por costumbre, no esperábamos desenlaces a modo de remate en las historias de Kincanion, a esa altura, ya pasada una buena media hora desde el comienzo del relato, nuestra improbable sed de conocimientos sobre la historia de los sistemas constructivos estaba más que satisfecha. Y, en ese momento, Roberto les puso palabras a nuestros pensamientos:
-Bueeeno… Muy interesante esto de la construcción… Como siempre, el Dr. Kincanion ha hecho su invalorable aporte al conocimiento de sus amigos, los aquí presentes, pero…
Pero Kincanion una vez más, demostró ser hueso duro de roer. Lo interrumpió levantando su tono de voz y diciéndole a Roberto, como dándonos una nueva oportunidad al resto:
-¡Ah, querido amigo! ¡Pero usted ha creído que sólo se trataba de métodos de construcción! ¡Usted piensa que he usado todo este tiempo, sin duda valioso para ustedes, igual que para mí, para referirme a la manera de construir edificios! ¿Eso cree usted?
-Bueno, es que… Roberto hurgaba desesperadamente en su memoria buscando el detalle perdido, aquello que no le había permitido advertir la trama subyacente, aquello que únicamente le había pasado desapercibido a él, ya que nos pudo ver a los demás con un súbito interés recuperado y además con ciertos atisbos de conmiseración en nuestros rostros, para el amigo que no había entendido el fondo de la cuestión, todo esto, claro, cuidando de evitar alguna pregunta o comentario del tipo ¿ustedes si, entendieron, no?
-Acá, mis queridos, la historia se acerca al punto culminante, luego del cual, nos será permitido incursionar por los escabrosos senderos de la metafísica.
Los demás cruzamos miradas no exentas de cierto grado de alarma. La cosa no sólo parecía ir para largo, sino que además nos preanunciaba una denodada lucha contra el sueño. Pero el doctor Kincanion parecía muy lejos de tales preocupaciones:
-A fines de 1789, Robesmaure, un matemático francés, incorporado a la causa de la revolución, formaba parte un día, de un grupo que allanaba la morada de un noble caído en desgracia, cuando encontró en los sótanos, una tela cuidadosamente envuelta en lienzos untados con una grasa, que él rápidamente identificó como la antigua mezcla de orégano y testículos de liebre triturados, con que algunos pintores del renacimiento preservaban sus cuadros de la humedad. Esto tal vez haya despertado su curiosidad, por lo que optó por llevarse el envoltorio. Una crónica de la época, que algunos autores atribuyen a su hija Leonor, describe el momento en que Robesmaure lo abrió, no bien llegado a casa, como “…un extraño momento en que la cara de mi padre se transfiguró. Curiosa, me acerqué a su lado y ví que se trataba de una pintura, que en verdad, a mi no me causó efecto alguno…”. Más adelante, la descripción continúa:”…era un cuadro muy antiguo, pintado por un tal Montórfano, según dijo mi padre…”. Tres meses después Robesmaure publicó un libro de más de cuatrocientas páginas titulado “Ceci l'est ce qui ai donné en appeler plate-forme, mais Oeil de se tomber!” de la Editorial Gallimard, que había sido fundada apenas producida la revolución, con el objetivo de difundir las ideas de “Liberté, Egalite et Fraternité”, pero que al mismo tiempo, comenzaba ya a construir su actual e impresionante fondo editorial. Ese texto, no era otra cosa que la descripción minuciosa del andamio, tal cual hoy lo conocemos. Uno de los maravillosos legados del movimiento revolucionario que cambió la historia, pero que en lo que se refiere a este dato, lamentablemente ha sido olvidado. ¡Amigos, fíjense qué precisión en el detalle! “…mais oeil de se tomber!” “¡Ojo con caerse!”. Pero ya termino - se apresuró a advertir el Dr. Kincanion, seguramente consciente de nuestros gestos.
-¿Sabe, doctor? Todo esto es tremendamente revelador, pero mi mujer me esperaba hace media hora…- Adujo, esperanzado Iván.
-¡Ya, ya! Comprendo. Pero es que me faltan apenas cinco minutos y no quisiera que el amigo Roberto se fuera con la idea incompleta…
-Bueh, métale doctor, pero en todo caso la parte metafísica la podríamos dejar para otro día- Se resignó y esperanzó simultáneamente Iván. Aunque las siguientes palabras del doctor Kincanion, deben de haberle arrebatado hasta el último vestigio de toda esperanza.
-Borges, en “El enigma de Edward Fitzgerald” incluido -como ustedes sabrán-, en Otras inquisiciones, según la edición de Emecé de 2005, conjetura “…la fortuita conjunción de un astrónomo persa que condescendió a la poesía…” “…con un inglés excéntrico que recorre, tal vez sin entenderlos del todo, libros orientales e hispánicos…”, de la cual “…surge un extraordinario poeta, que no se parece a los dos.” ¿Y saben a qué obra se está refiriendo Georgie? Señores, ¡Las Rubaiyat! ¡El poeta constituído a través de setecientos años es nada menos que nuestro conocido Omar Khayyán!- Roberto en este punto, agotó su resistencia y con un dejo de fastidio le dijo al doctor Kincanion:
-¡Vea discúlpeme doctor, pero ahora sí que nos fuimos a la mierda! ¡Qué carajo tienen que ver Borges, Omar Khayyán, Montórfano, el pobre gil que se hizo bosta ayer y toda esa menesunda del Renacimiento y los edificios que se paran solos!
-Pero, ¿Cómo? ¿No lo ven, muchachos?- Kincanion vuelve a aislar a Roberto, con la misma técnica anterior, que al mismo tiempo, nos veda cualquier atisbo de solidaridad. Sin embargo, esta vez, no demasiado confiado en sus recursos, continúa de inmediato:
-¡Es el mismo hilo que a través de los siglos, unió a Bickel-Zander, a Montórfano, a Robesmaure y a…este…¿Cómo se llamaba el señor que se cayó?
-¡Ma qué se yo, doctor! ¡Bárbaro! ¡Genial! ¡Me descubro ante usted doctor, pero en este mismo acto me voy a la mierda! ¡Besitos, Ignacio! ¡Chau doctor! ¡Chau queridos! ¡Y a ver si tratan con respeto a los andamios, al cemento y a tutti le fiocchi!
Olvidando los subterfugios que usamos antes para servirnos de la impaciencia de Roberto, aprovechamos y nos paramos, pero fuimos cerrilmente obsecuentes al despedirnos del doctor Kincanion, dándole la mano y agradeciéndole su historia.
-¡Gracias, doctor! No se haga problema que finalmente Roberto termina reconociendo todo lo que aprendemos cuando usted habla. ¡Chau, Ignacio! Chau, querido!
Me demoré mientras pagaba en el mostrador nuestra consumición. Cuando me estaba yendo, no pude evitar escuchar el corto diálogo de Manuel, el barman, con Pablo:
-Che, Pablo ¿Y quién es al final el que se cayó?
-No lo conocías. Era nuevo en la obra. Le decían el Tano. Porque creo que era tano. José se llamaba. José Montórfano.


Rfyamul
Abril de 2007

domingo, 25 de marzo de 2007

La Princesa, Ricardo y nosotros

Ricardo había llegado hacía casi un año y estaba instalado en la casa como si hubiera nacido en ella. No le resultó sencillo, pero tampoco para nosotros fue fácil la resistencia. Ni aún para el abuelo.
Solón, desde el principio -como es natural- lo imaginaba inmóvil en su plato y a lograr ese objetivo hubo de dedicar sus esfuerzos, tan frecuentes como infructuosos. Aprendió a realizar sus aproximaciones con un sigilo impropio de su condición, tal vez copiado del que utilizaba Ricardo para moverse por la casa. Sin embargo, la habilidad adquirida no le sirvió de nada, ya que la capacidad de reacción del gato superaba por lejos a todos y cada uno de los patéticos intentos de mi perro.
Además Ricardo -así habíamos comenzado a llamarlo unos días después de su arribo-, parecía esmerarse en trasmitir, con la elegancia de sus movimientos, con sus huidas siempre restringidas a los ámbitos en los que estábamos en cada circunstancia, esto es, sin desaparecer de nuestra vista, con el garbo con que una vez sentado en el sitio donde decidía reposar, indefectiblemente inalcanzable para Solón y con su mirada serena y algo burlona, la certeza de su invulnerabilidad, al menos frente a éste.
Probablemente influenciado por la frustración de Solón y por sus protestas, con las que se estaba poniendo pesadamente insistente, también empecé a preocuparme por la personalidad del felino. No obstante, no tenía mucha idea de a quién recurrir en consulta.
Del abuelo bien poco podíamos esperar. Era muy viejo, tanto que algunos en el pueblo decían que debía tener más de cien años. No parecía tener ninguna enfermedad, si es que no consideramos como tal los estragos con que los años fueron desdibujando su cuerpo y su mente.
Otro tanto sucedía con Ignacio, quien se mantenía bastante prescindente sobre los litigios entre Solón y Ricardo. A decir verdad, la indiferencia era la actitud normal del pollo.
Un inesperado suceso que tuvo lugar por esos días, terminó de confirmar que no estábamos en presencia de un gato cualquiera.
Ocurrió que llamó alguien a la puerta de nuestra casa. Como siempre, Solón se me adelantó con los ladridos agudos y desquiciantes de su carácter de cuzquito flaco y esmirriado. Cuando llegué y abrí la puerta, encontré a dos mormones con su clásico aspecto de fuera de nota, al menos en mi pueblo montañés, su pelo corto impecablemente peinado, sus trajes negros, la plaquita identificatoria en el bolsillo superior del saco, en fin, toda esa cosa que ya te empieza a volar los patos, aún antes de que comiencen a promocionar la salvación eterna o ese tipo de servicios relacionados.
A pesar de ser frecuente en estos pueblos pobres y algo abandonados, la aparición de cuanto predicador suele andar suelto por la región, siempre he tratado de comportarme educadamente, por lo menos en las primeras palabras ante cada visita.
- ¡Basta Solón, cortála! -Comencé por liberar a los jóvenes del asedio de mi perro- ¿Qué necesitan?
A partir de ese momento se desarrolló un diálogo de sordos, en el cual yo no distinguía el tipo de producto que me ofrecían y ellos no terminaban de aceptar como convincentes mis negativas a escucharlos.
Al fin, terminaron por ceder. Sin embargo, uno de ellos, el más alto, hizo aún una apreciación más:
- Veo que tiene un jardín enorme. ¿Querría acoger un cocodrilo?
- Mire, le agradezco su oferta. Es cierto, el jardín es grande, pero como verán también, no hay demasiada agua. Creo que para un cocodrilo eso es fundamental, ¿no?
- Bueno, verá, ya está bastante acostumbrado, y creo que con tal de no seguir caminando, agarra viaje con lo que venga. Lo único que necesitaría es un riego abundante con una manguera. ¿no es cierto, Alteza? Concluyó su frase mirando sonriente hacia un lado de la calle.
Seguí su mirada y efectivamente comprobé que a unos treinta o cuarenta metros de mi puerta, se dirigía cansinamente hacia nosotros el reptil, que mostraba un evidente aspecto de agotamiento.
- Disculpe mi curiosidad, pero ¿usted lo llamó alteza?
- Si, claro. Lo que pasa, es que no se trata de un cocodrilo cualquiera. En realidad es una princesa que sufrió un encantamiento del brujo Orr que la dejó en el estado en que la ve ahora.
- Bueno, lo siento,muchachos. Ya un bicho como este me parece una complicación, pero si además hay brujos y encantamientos de por medio, lo aconsejable, para mi gusto, es mantenerme al margen de este tipo de asuntos.
En ese momento quedamos alelados. Desde el interior de la casa escuchamos un terrible rugido. Los dos muchachos me miraron interrogantes. En cuanto a Solón y yo, no atinamos a establecer el origen de semejante fragor, ya que el abuelo apenas si era capaz de balbucear en voz baja y no siendo él, la única presencia viva podría ser la de Ricardo. Pero lo más extraordinario fue la conducta del cocodrilo. Con un gesto de inocultable terror se aferró con sus cortas patas delanteras a la pierna del rubio que había tratado la cesión conmigo y miraba en dirección a la casa.
- ¿Qué habrá sido eso? Pregunté como si alguien (aparte de mi, como dueño de casa), estuviera en condiciones de responder, mientras me volvía y encaminaba mis pasos hacia la puerta.
Entré, intentando no evidenciar el miedo que naturalmente sentía. Sin embargo el interior de la casa aparecía absolutamente normal. El abuelo estaba sentado en su silla, con la mirada como siempre perdida en algún punto lejano delante suyo. En uno de los estantes de la pequeña biblioteca que había en el living, Ricardo, tranquilamente echado me miraba con indiferencia. Busqué por toda la casa, pero fue en vano. No encontré nada que explicara el misterioso rugido.
Salí y antes de decir palabra alguna creo que mi cara expresó con elocuencia mi desconcierto, porque uno de los muchachos se adelantó a esbozar una explicación:
- ¿Tal vez habrá sido un trueno?, a pesar de que el magnífico día que teníamos y el sol radiante que se hacía sentir fuera de los sitios de sombra no sólo desvirtuaba la ocurrencia, sino que la convertía en ligeramente ridícula.
- No sé, en la casa no vi nada anormal, no me explico…
- Bueno, ¿qué dice? ¿quiere hacerse cargo de la princesa?
Debo admitir que a pesar de mis prevenciones, la presencia en casa de una princesa encantada, resultaba algo verdaderamente excitante. Pensé además que como en todo encantamiento, debía existir, de alguna manera, la fórmula para volver al cocodrilo a su naturaleza original. Y recordé que cierta vez Ignacio había mencionado algo sobre un hada conocida de él. Tal vez debería consultarlo antes de rechazar al reptil.
- Está bien, acepto. Dije, mientras me hacía a un lado para que el cocodrilo entrara.
- Bien, bien. Se nos está haciendo tarde. Gracias por su atención y por hacerse cargo de la princesa. Era inocultable la repentina prisa con que los mormones se deshicieron del abrazo del cocodrilo, dieron por concluido el encuentro y se alejaron.
El todavía algo receloso animal entró y se encaminó directamente a la sombra de unos arbustos, entre los cuales se echó más para ocultarse (me dio la impresión), que para descansar.
Con un encogimiento de hombros, aunque también con cierta especie de reverencia (Me impresionaba un poco tratar con una princesa, a pesar de su aspecto actual), le dije que enseguida me ocuparía de su comida y entré en la casa seguido por Solón.
Un rato más tarde, mientras comenzaba a preparar la comida, traté de imaginar cual podría ser un alimento adecuado para el cocodrilo. Pensé en apelar a la experiencia del abuelo pero lo descarté de antemano dadas sus dificultades para comunicarse. En ese momento, Ricardo se encaramó y se sentó en el marco de la ventana frente a la mesada de la cocina. Le comenté entonces mis pensamientos pero me sorprendieron los de Ricardo.
- Mire Don Raúl, creo que lo mejor que podríamos hacer es darle al animal éste un buen garrotazo en la cabeza y prepararnos para saborear unas buenas brochettes de cocodrilo.
- ¡Ricardo! Se trata de una especie en extinción. ¿Cómo podés pensar en comerlo? Además, nunca supe de un gato al que lo tentara la carne de cocodrilo.
- Bueno, no es de mis comidas predilectas, pero tratándose de aportar a la solución del problema…
El perro entró en la cocina y se sumó al diálogo:
- Don Raúl, cualquiera que sea su problema, no creo que lo ayude consultarlo con ese apestoso gato. Y si de comida se trata, por lo que alcancé a escuchar, sugiero una vez más que lo sacrifiquemos e improvisemos algún buen estofado.
- Tu impotencia para lograr por vos mismo tus sangrientos propósitos, nido de pulgas ambulante, te impulsa a la indignidad de buscar la ayuda humana.
- ¡Bueno ustedes! ¡A ver si la terminan! Sorpresivamente, era Ignacio el que irrumpía con su reproche a los dos animales. Dirigiéndose a mi:
- Don Raúl, no se preocupe por la comida del cocodrilo. Él ya resolvió su problema. Se comió al abuelo.
Para los tres, fue como un baldazo de agua helada. ¡Nos habíamos olvidado del Abuelo! Corrimos hacia el comedor y nos horrorizamos frente al espectáculo del cocodrilo, que, con expresión satisfecha, justo en ese momento estaba eructando ruidosamente. ¡Del pobre Abuelo, sólo quedaban en el piso las dos partes de su reconocible dentadura postiza!
Un minuto de silencio. Ningún homenaje, no. Sólo pensábamos que hacer. Ignacio interrumpió los hilos de nuestros pensamientos:
- Ricardo debería darnos alguna idea. Después de todo, por él está el cocodrilo aquí.
- ¿Ve lo que le digo siempre, don Raúl? El mejor destino para este pollo es la olla, acotó Solón.
- Momento, momento –me apuré a intervenir- No descalifique Solón. ¿Qué quiere decir, Ignacio?
- Ustedes deben saber que mi lugar, en el palo más alto del gallinero, es un lugar de privilegio para oír a los moradores de la noche, esos entes en parte materia, pero fundamentalmente espíritu y energía. Ellos son quienes saben todo lo que sucede, hablan de ello, comentan, opinan, enjuician. Pues bien, parte de esos murmullos me dijeron que hace mucho tiempo, un poderoso de las tinieblas llamado Orr encantó a una princesa, convirtiéndola en cocodrilo. Seres aún más poderosos, indignados por la maldad que impulsó la acción de Orr, decidieron castigarlo convirtiendo a éste en gato y lo condenaron a vagar por el mundo hasta que aquella princesa a la que es hora que nombremos, Ludmilla era su nombre, recuperara su forma original.
Por esos imponderables que ni los espíritus más poderosos dominan, ambas mutaciones comparten hoy la misma morada. Pero el otrora terrible Orr hoy es un simple gatito, una vulgar mascota que seguramente nada podría hacer, salvo rugir, si tuviera que enfrentar a un cocodrilo, que aunque algo disminuido en sus instintos y aún ignorante de su origen, sin duda lo despacharía de un simple coletazo. Esa es la angustia que ha hecho presa aquí de nuestro común amigo Ricardo y de ahí sus consejos que apuntan a deshacerse de tan peligroso adversario.
- ¿Esto es verdad, Ricardo?
- Bueno, en términos generales podría decirse que la versión del pollo se aproxima algo a cierta especie de realidad. A pesar de todo, me gustaría discutir aquellos aspectos puramente míticos que la aderezan. Eso de “poderoso de las tinieblas”, “maldad” o “vulgar mascota” son términos peyorativos con los cuales el pollo persigue mi desprestigio y….
- Bueno, bueno, no es este el momento para discutir esas cosas, Ricardo. De cualquier modo, creo que con el abuelo, el cocodrilo quedará satisfecho por hoy. Mañana intentaríamos ver si hay alguna solución equitativa para el diferendo y además si podemos hacer algo por Ludmilla.
Todo quedó en meras intenciones, lamentablemente ya que con el amanecer, Ignacio se apresuró a traernos la noticia de que Ludmilla, o bueno, el cocodrilo –no sería justo imputarle estas cosas a la princesa- se comió a Ricardo. Al parecer, esa no habría sido la voluntad consciente del animal. Dijo Ignacio que el cocodrilo resultó ser sonámbulo y comenzó a caminar en mitad de la noche sin propósito definido como es usual en quienes padecen de esta anomalía. Ricardo, que parecía bastante nervioso, tal vez estuviera excesivamente mal predispuesto y no bien lo vio, debió haber interpretado el movimiento como preámbulo de un ataque, por lo cual se enervó y empezó con sus bufidos de temor o ira, vaya a saber, pero el resultado fue que el cocodrilo se sobresaltó –ya se sabe: No conviene despertar a un sonámbulo- y de una sola dentellada concretó la temida ingesta.
El hecho motivó un cónclave de emergencia. Solón manifestó que si bien no lamentaba la desaparición del felino, le preocupaba la escasa selectividad que había evidenciado el cocodrilo en la elección de sus consumos y el riesgo que implicaba su necesidad de un bocadito de medianoche.
Por mi parte, lo único en que atinaba a pensar era en un diálogo civilizado con el reptil, como para conocer el fondo de sus intenciones. Sin embargo, fue Ignacio el que aportó la solución. Expuso brevemente su idea de invocar a un hada, específicamente a la Dama Verde de Caerphilly, que por vivir preferentemente confundida entre los vientos, sería seguramente la más accesible desde nuestra región. La idea nos pareció apropiada porque era posible que el hada lograra desencantar a la princesa, lo cual nos evitaría pensar en deshacernos del cocodrilo, cosa que no deseábamos por natural compasión, pero además porque no teníamos la más vaga idea de cómo matar un cocodrilo, ya que coincidimos en la necesidad de una solución drástica y perentoria.
Salimos al jardín y efectuamos los tradicionales conjuros. En unos segundos se levantó una perfumada brisa y como traída por ella, una bella adolescente se corporizó frente a nosotros.
Ignacio, que sin duda era el más leído entre nosotros acerca de estas cuestiones, se mostró extrañado por la ausencia del ropaje de color verde que caracteriza a la Dama, pero ella prontamente clarificó la situación, explicándonos que la cantidad de invocaciones que se realizaban había requerido de una cierta organización en su mundo, motivando el establecimiento de turnos de guardia. Ella, Alseide, era quien debía atender durante toda una semana.
Luego de agradecer su presencia que –dijimos- nos distinguía (Ignacio, por lo bajo y muy brevemente, nos había ilustrado sobre la predilección de Zeus por esta joven), le explicamos el problema.
La joven Alceide, consultó rápidamente una especie de pequeño registro que extrajo de su corpiño y se dirigió al lugar desde donde nos contemplaba atentamente el cocodrilo. Nosotros, aunque con algún temor, la seguimos.
Alceide pronunció algunas palabras en un idioma desconocido -tal vez inglés, acotó Solón- y se quedó un instante aguardando. Nada sucedió. Con un leve, aunque inocultable gesto de fastidio, el hada hizo aparecer una varita en su mano y con ella tocó repetidas veces la cabeza del cocodrilo. Sin embargo, seguía sin suceder nada. Luego de una breve espera, sacó de su corpiño lo que imaginamos como una especie de pequeño manual, ya que lo consultó un par de veces mientras realizaba nuevos movimientos de su varita o pases, seguramente con mayores poderes que las anteriores acciones, aunque me pareció percibir en Alceide un nuevo gesto, tal vez una simple mirada, pero esta vez de, ¿desorientación? No obstante, me apresuré a contener con una imperativa seña, los primeros bufidos de impaciencia del cocodrilo.
Poco después dio por concluido el rito, dirigiéndose entonces a nosotros con un cierto tono de alivio en su voz:
- Bueno, ya está. Tenía un encantamiento muy fuerte, lo cual produce cierta demora en los efectos, pero la cosa anduvo bien. Antes de cuarenta y ocho horas la princesa recuperará su condición original.
Nos deshicimos en muestras de agradecimiento por su habilidad y dedicación y al advertir la hora, no pudimos menos que invitarla a comer antes de retirarse. Ella aceptó con gusto. Solón y yo nos miramos al caer en la cuenta que no teníamos gran cosa para preparar una comida digna de nuestra bienhechora, por lo que optamos por asar a Ignacio. La verdad es que nos salió muy bien, bastante crocantito, lo que impulsó al hada a prodigarnos palabras de halago, luego de lo cual se despidió, no sin anunciarnos que la princesa Ludmilla, de puro reconocimiento, seguramente optaría por tomarme como esposo. En el momento esta noticia me preocupó ya que siempre he sido opuesto a la realeza, pero preferí no decir nada.
En fin, que nos quedamos sin conocer la conclusión de la historia de la princesa, ya que esa noche un camión atropelló al cocodrilo y, como mucho más tarde lo supimos, los desaprensivos conductores optaron por cargarlo en el vehículo y vender luego su piel a una fábrica de marroquinería en Brasil.


rfyamul
marzo de 2007