Señora mamá, o mejor, querida amiga:
Quiero hablarte hoy sobre dos o tres cosillas que te permitirán criar a tu hijito, con la seguridad de que el día de mañana será un hombre de provecho y de ninguna manera, cabrá la posibilidad de que sea actor de televisión, analista de sistemas o predicador en Groenlandia de las eternas llamas infernales.
Para empezar mi querida, te hablaré de la deglución:
Cuando el niño es sometido a tortura para que ingiera determinados alimentos, es afectado el proceso de la deglución según lo analizo a continuación:
Cuando le ofrecés zapallo hervido, puerro, acelga, mazamorra y similares: El alimento en la boca listo para ser deglutido se comprime o es expulsado voluntariamente hacia atrás, por aplicación progresiva de la lengua contra el paladar. En este momento, son estimuladas las zonas receptoras del reflejo de deglución que rodean el istmo de las fauces; no querida, no. No es como la boca del subterráneo en día de paro. Digamos mejor que es una partecita de la boca. Bueno, te hablaba de las zonas receptoras del reflejo de deglución, especialmente las que se encuentran a nivel de los pilares amigdalinos; de allí salen impulsos hacia el tallo cerebral, para desencadenar la siguiente serie de contracciones musculares faríngeas: Perdón, ¿Cómo querida? Bueno, dulce, si lo ves mejor así, sea. Los pilares amigdalinos, que son cual los dientes del peine. ¿Qué cual peine? No sé mi tesoro, el que más te guste, o si lo preferís, alguno que tengas en desuso, ¿Si? Continúo entonces:
El paladar blando se eleva para ocluir las coanas ¡Ja! evitando así que los alimentos refluyan a las fosas nasales.
¡Ja! ¿Qué me contás? ¿Qué podría decir tu amiga Felisa de esto, eh?
¿Qué no tenés una amiga que se llame Felisa?
Es sólo un supuesto. Claro, claro, si, entiendo. Bueno y ¿Cómo se llama tu amiga? ¡Ajá! Entonces, ¿qué podría decir Rita de esto?
Nada, claro. No hay con qué darle. El paladar blando se eleva. Así nomás. Porque si no se elevara ¿que pasaría? Sencillo. ¡Se hacen mierda las coanas!
¿Tenés idea querida amiga sobre la cantidad de gente que anda por el mundo con las coanas hechas pelota?
¿Te gustaría que tu pequeño fuera uno de ellos? Bien entonces sigamos:
Los pliegues palotofaríngeos de ambos lados de la faringe, ¿Cómo? Bueno, se podría decir que…Bueno, que sí. Digamos entonces -¡Claro que sí! ¡De este modo, Rita lo va a entender mejor! ¡Seguro amorosa!- Digámoslo así entonces:
Que los pliegues que corren como cordones de una vereda se aproximan a la línea media y se forma así una hendidura longitudinal que los alimentos habrán de atravesar para llegar a la faringe posterior. ¡De eso se trata tesoro! ¡Exacto! En general las verduras luego de arrasar con las coanas por la falta de elevación del paladar blando, actúan, casi se podría calificar de criminalmente, sobre los pliegues palotofaríngeos trabándolos, casi inutilizándolos, a fin de evitar que formen la hendidura longitudinal. ¿Te das cuenta?
Para que lo sepas… si, claro, también Rita, se han detectado casos agudos con la lechuga en que una mínima porción de hoja se las ha arreglado para que los palotofaríngeos ni siquiera se den por enterados de que hay alimentos a la vista.
¡Qué diferente es la situación con la milanesa a caballo!
Casi creo poder asegurarte…, asegurarles, si, a las dos, que ante su ingestión, además de las situaciones que se pueden analizar más adelante, los palotofaríngeos ni siquiera deben esperar la acción de las coanas.
Graficando muy bien sin duda, alguien metaforizaba acerca de las reverencias que los caballeros debían hacer en la corte de Luis XIV, estableciendo la analogía con la actitud de los palotofaríngeos. Es verdaderamente una reverencia la que éstos realizan ante la milanesa. La llegada del huevo frito o aunque más no fuera el sonido de los dientes en su primer contacto con las crocantes papas fritas, prácticamente producen una verdadera y eufórica sinfonía de coanas, paladar blando y palotofaríngeos, esforzándose por enviar a tales delicias, con los debidos homenajes al esófago, que –podríamos decir- palpita en ese instante a pura emoción. Pero acabemos con la digresión, queridas y continuemos.
Las cuerdas vocales se aproximan notablemente y la epiglotis bascula hacia atrás sobre el estrecho laríngeo superior…
¡Claro! ¡Ya lo imagino! No va a faltar tu vecina detractora, porque siempre la hay ¿no es cierto? ¿Qué? ¿Quién? ¡Ah, viste?
Doña Redecinda estará diciendo seguramente ¿Y con eso qué?
La misma displicencia con que seguramente ella responde ¡Dejáme de hinchar las pelotas! cuando su pobre marido ruega con una lágrima en el ojo que le planche el calzoncillo, la misma insensibilidad, esa desabrida actitud de desapego, sostiene muy probablemente su indiferencia, si le mencionás la basculación de la epiglotis.
¡Pobre, pobrecitos de los niños que pueden tener a tantas doñas Redecindas por madres!
Pregunto: ¿Tan poco te importa Doña Redecinda la basculación de la epiglotis de tu hijo? Pues te digo para que lo sepas, que sin esa basculación, sin ningún problema, ¡los alimentos irían a parar a la traquea, tan rápido como tu llave al ojo de la cerradura! ¡Ahhhh! ¡Ahora te preocupa! ¡La señora ha perdido su impasibilidad! ¡La señora se conmueve! ¡Qué bien! Pero ¡Qué bien! Más vale tarde que nunca, dicen.
Pero mi querida señora, déjeme decirle algo. ¡No me engaña! ¡No le creo! ¿Y sabe porqué no le creo? Sencillamente, por que quien es capaz de descerrajar con total impunidad un acelgazo, un zapallitazo o un puerrazo está conformado de tal manera que seguramente muy pocas cosas pueden conmoverlo.
¡Y usted, mi querida, mi apreciada, mi estimada Doña Redecinda!, es de esos. Usted es uno de ellos. Medran en la oscuridad de tenebrosas cocinas, mientras en horribles y tiznados calderos se revuelven repugnantes zapallitos en espera de iniciar su misión de devastación.
¡Pero sépalo de una vez y para siempre! Decimos con el Santo, que “será más fácil que un camello pase por el cuello de una botella, que una gota de nata sea servida en el reino de los cielos!
Yo he escuchado en tiempos pasados, mi estimada vecina, descripciones de alguna otra señora a la que me ha solido unir cierto vínculo, digamos, familiar, sobre las actividades en la cocina de la casa. ¿Usted cree por ventura, que la imagen casi idílica que pretendía pintar de su cocina, se compadece con el hervor de inmundos zapallitos y asquerosas acelgas?
No, dulce, no. Esa cocina ideal podría corresponderse con una buena milanesa, con dos o tres suculentos huevos fritos, con una fuente repleta de papas fritas, con los mismos huevos descansando debajo de un rebosante plato de fideos con manteca, pero jamás con los nauseabundos olores de la zanahoria hervida o el gelatinoso deslizar de un puerro anche una cebolla de verdeo en el borde del plato.
¿Cómo dice usted, querida? ¡Ah, si, perdone. Es que la imagen de Doña Redecinda casi me ha desquiciado. Si, ¿Decía? ¿Qué pasa en tanto con la laringe? ¿Qué ocurre con el hueso hioides? ¡Ahhhh! ¡Veo que le va interesando!
El movimiento de los músculos que se insertan en el hueso hioides produce el ensanchamiento del orificio superior del esófago, al mismo tiempo que los tres o cuatro centímetros superiores del mencionado esófago, la zona llamada esfinter esofágico superior o esfínter faringoesofágico se relaja, con perdón de la palabra, permitiendo que el alimento se desplace libremente desde la faringe posterior hacia el interior del esófago.
¡Pues a los torturados no se les relaja nada! ¡Ni un cacho! ¡Minga de relajación! ¡Querés relajación? ¡Buscate una orgía! ¡No habrá relajación posible del faringoesofágico en tanto persistas en tu actitud querida!
¿O qué crees? ¡Porque estás aquí sentada, cómoda, sin apuro, estás segura? ¡No pibita! ¡Para nada! ¡Sólo estás en el ojo de una tormenta! ¡Lo peor está por venir!
Pero no. Tal vez no pueda. Me hacen señas mis amigos, de que las fotos son algo duras para ser mostradas aquí.
¡No, no! ¡Nada del otro mundo! Incluso puedo hablar de ellas, aunque no las muestre.
En una de ellas, se ve a un niño en el acto de ingerir una zanahoria hervida, una hoja de repollo sancochada, y lo que parecería ser una hojilla de cebolla de verdeo, todo esto metido en alguna oscura sopa y… ¿Qué? ¡Ah! No queda casi tiempo.
Bueno mi querida, también para vos Rita y ¿Por qué, no? Para usted también Doña Redecinda:
Sepan todas amigas, que ¡Existiendo la milanesa con papas y huevos fritos, jamás la humanidad podrá llamarse como tal y pretender alcanzar ningún tipo de Edén, sin antes haber abjurado del arroz con leche, la gordura en la taza de ídem y la verdura hervida!
rfyamul
Abril de 2007
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