Encontré a Iván frente a la casa del doctor Kincanion, cuando aún faltaban cinco minutos para las doce del mediodía.
Me resultó extraña su presencia allí a la sombra de un árbol en la vereda, porque tuve la sensación de que me estaba esperando. Sus primeras palabras confirmaron mi presunción:
-¡Hola, flaco! Te estaba esperando.
-¿Por qué no entraste?
-¡No, no! Me da cierta cosa, entrar y estar ahí con Kincanion. Por ahí, no tengo tema para sacar conversación y vos sabés, mejor que el tema no lo saque él.
-¡Che Iván! ¡No es para tanto! ¡Le vas a hacer fama de charlatán al doctor!
-Bueno, no podemos decir que sea corto de lengua. Pero no, en realidad lo que pasa es que cuando se pone a parlar de algunas cosas, muchas veces me quedo en ayunas, pero si hay alguien más, puedo disimular que estoy en bolas.
Ya habíamos llegado a la puerta, pero antes de tocar el timbre, ésta se abrió y apareció una joven que no conocíamos. Según la imagen que nos habíamos construido con los demás muchachos, el doctor Kincanion no tenía familia o al menos no vivía con él, de manera que tanto Iván como yo quedamos algo cortados por la sorpresa.
-¿Cómo les va? ¡Adelante, por favor! Soy Liliana, la secretaria del doctor Kincanion, aunque en este momento, como ustedes, estoy invitada a comer. Pasen, pasen…
Creo que nos tuvo que animar, porque estábamos los dos estúpidamente petrificados. No sólo era la sorpresa de encontrarnos con que el doctor Kincanion tenía una secretaria, a la cual nunca había mencionado, sino que además ambos coincidíamos en el mudo interrogante de para qué cuernos querría nuestro excéntrico amigo una secretaria, por otra parte, llamativamente hermosa, con unos ojos verdes, chispeantes, que dejaban ver una singular lucecita pícara en el fondo de sus pupilas y con un cuerpo, ¡Ay! exquisitamente remarcado por un pantalón de jean elastizado, tipo pescador y una remera corta sin mangas, que provocó que admiráramos más de la cuenta una piedrita que usaba en el ombligo.
Afortunadamente, reaccionamos y la seguimos hasta el quincho detrás de la casa. No sabía yo y me pareció que lo mismo sucedía con Iván, que el doctor Kincanion tuviera en una casa como aquella, de aspecto confortable, distinguido y elegante, un gallinero como el que alcanzamos a percibir en el fondo del terreno. Sabíamos, claro está, de la permanente presencia de Ignacio, el pollo mascota, pero nunca se nos había ocurrido pensar que también vivieran allí los familiares de Ignacio.
Al darme cuenta de que Liliana había tomado nota de nuestra sorpresa, intenté alguna explicación:
-No sabía que al doctor pudieran interesarle las gallinas. Naturalmente, todos conocemos a Ignacio, pero…
-¡Oh, no es que le interesen tanto per se, pero hace tiempo que las tiene porque le son necesarias para el trabajo que está realizando. Salvo Ignacio, por supuesto. ¡Ignacio, Ignacio!, ¿Dónde estás precioso? ¡Pobrecito, Ignacio! ¡Está de lo más preocupado por el trabajo del doctor! ¡Le alteró su tranquilidad!
En efecto, Ignacio, -que apareció ante el llamado de Liliana-, tenía un aspecto extraño, parecía más bien algo tristón, antes que preocupado, pero la siguió hasta que ella, ya en el parque, se dirigió hacia un extraño armatoste ubicado en el lado izquierdo del terreno.
Una vez allí, se colocó una máscara para soldadura eléctrica. Tomó la pinza de la soldadora y comprobó la masa con la naturalidad de quien domina el oficio, tocando con el electrodo una planchuela de hierro de las que parecían sostener el aparato, que ya mirándolo con mayor atención, parecía un simple tanque de agua, aunque con algunos aditamentos cuyo objeto por supuesto no era comprensible para nosotros.
-¡Hola, muchachos, adelante! Nos animó Kincanion, que venía desde el gallinero, luciendo un aspecto tan extraño y sorprendente como todo lo que habíamos estado viendo desde el mismo momento en que pusimos el pie en aquella casa. Vestía un guardapolvo gris, excesivamente largo, lo cual hacía su figura aún más enjuta de lo que era, llevaba un gorro como el que usan los cirujanos en el quirófano, aunque en este caso, del mismo color del guardapolvo, unos antiparras sobre la frente y en su ojo derecho, lo que parecía ser una lupa de relojero.
-¡Pasen, pasen, no se queden ahí parados! Falta un poco para la comida. ¡Liliana! Dejá eso, ya está bien! ¡Por favor, serviles un vermucito, aquí, a los amigos! ¡Vengan, vengan! ¡Van a ver algo que les va a interesar!
Tomé la delantera, decidido a acabar con el papel algo ridículo que se me ocurría que estábamos haciendo. Iván, por su parte, parecía como si estuviera confirmando los reparos de que me había hablado antes de entrar y se lo veía algo confuso y todavía vacilante. No obstante, me siguió hacia el gallinero que era el lugar al que nos guiaba el Dr. Kincanion. Éste, en ese momento se detuvo de golpe, como si hubiera recordado algo, miró su reloj y nos indicó:
-Pero no, ya es casi la hora, así que mejor nos quedamos al lado del sistema receptor, lo ven en acción y después les muestro los detalles. Creo que es más didáctico, ¿no?
-Esteee, bueno…, sssi…, tal vez…jumm… si-. No había caso. Seguíamos haciendo el mismo papel.
Volvimos hacia la casa, como si fuéramos hacia la puerta de lo que sin duda era la cocina. Antes de trasponerla, nos detuvimos frente a lo que únicamente podría definir como un aparato. Había una… bueno, obviamente no lo era; si la hubiera visto en otro sitio hubiera dicho que era una…, pero bueno, no, no lo era. Era un recipiente de acero, elíptico, cóncavo de 8 mm de profundidad, truncado en uno de los vértices del eje de las abcisas. Dicho eje tenía un largo de 78 mm, según manifestó el doctor Kincanión, aunque ello era evidente, siendo el eje de las ordenadas de 40 mm. El vértice truncado se continuaba como una pequeña placa casi triangular, con su base opuesta al recipiente. Esta placa tenía 48 mm de largo, con un ancho de 7mm en su parte más angosta y 11 mm. en lo que sería su base. De los 48 mm de largo, sólo eran visibles 27 mm, ya que por su extremo más ancho, se insertaba en un cilindro de 112 mm de largo y 15 mm de diámetro. Este cilindro, de un plástico rígido y resistente, en el extremo donde recibía la inserción tenía un aro de 11 mm de largo por 13 mm de diámetro, que evidentemente actuaba a modo de abrazadera, inmovilizando la placa metálica y con ella, por supuesto, todo el recipiente, adherida al cilindro. El mismo estaba sujeto por sus laterales en la parte central, a cierto dispositivo sobre el cual ostensiblemente bascularía, si no estuviera contenido por un fino resorte de 25 mm de largo, que iba desde el extremo opuesto al recipiente, hasta uno de los terminales de un relay. Todo este dispositivo se encontraba en el costado de una especie de caja, o –mejor- de un esqueleto de caja ya que estaba sólo formada por sus aristas de aluminio. En el lado opuesto, había otro dispositivo con un recipiente similar al primero, aunque éste estaba en posición vertical sobre un elemento de basculación como el que había visto. Sin embargo, en el centro del cilindro alargado, este recipiente se apoyaba en un fino caño telescópico, que en realidad no era tal, sino un delgadísimo cilindro hidráulico, a estar a la explicación del doctor Kincanion.
No pudimos seguir interiorizándonos de mayores detalles porque en ese momento Liliana mirando su reloj, le anunció al doctor Kincanion que ya era la hora. Nos quedamos en suspenso, sin saber a la hora de qué suceso se refería la joven, pero nuestro pensamiento fue interrumpido por el cacareo de una gallina.
-¿Lo oyeron?- Dijo el doctor Kincanion, con un dejo de excitación en la voz.
-¿Qué cosa? ¿A la gallina? Si claro, habrá puesto…
Pero me callé porque se desencadenaron una serie de minúsculos sucesos que me dejaron, supongo que a Iván también, desquiciadamente sorprendido.
Aparentemente el cacareo de la gallina había producido algún tipo de efecto en el tanque en el que había estado trabajando Liliana. Se oyó algo así como un chapoteo en su interior y vi que desde un caño que estaba conectado al tanque terminado en un codo en ángulo recto suspendido sobre el recipiente a nuestro lado, caía un fino chorro de agua. Al llenar el recipiente, el peso venció la tensión del resorte, lo que produjo el cierre de un relay. La señal eléctrica consecuente se desplazó por un fino cable que llegaba hasta el gallinero, (seguramente terminando en algún otro dispositivo, ya que escuchamos un sonido que se prolongó en otro similar), como si fueran dos los mecanismos que estaban actuando. Simultáneamente con la finalización de los sonidos, vimos con el más comprensible de los asombros cómo un huevo salía despedido desde el gallinero y se dirigía hacia nosotros.
No fue en realidad hacia nosotros. Advertí, por la curva de la trayectoria que traía, que se dirigía directamente hacia el recipiente colocado en el lado de la caja, opuesto al que estaba frente al grupo que formábamos el propio doctor Kincanion, Iván y yo. ¡Ah! Ignacio se había agregado hacía unos momentos y seguía tan compungido como antes. Creo que realicé un pequeño movimiento instintivo, para evitar la salpicadura inevitable en el momento en que el huevo reventara contra el recipiente que parecía aguardarlo, ominoso. Para mi sorpresa, cuando ya el huevo parecía pronto a chocar contra el acero, el cilindro hidráulico comenzó a desplazarse hacia atrás, arrastrando naturalmente al recipiente que basculaba sobre el dispositivo-eje. La calibración del movimiento era sin duda tan precisa, que igualando la velocidad de caída del huevo, hizo que éste, en lugar de chocar, se apoyara suavemente y quedara allí por un instante, hasta que una pequeña compuerta disimulada en la pared que daba a la cocina se abrió y entonces apareció una mano de goma que formaba con la palma y los dedos una especie de cuenco, sobre el que la… bueno…, el recipiente, impulsado por un perno que apoyaba en uno de los costados de su parte convexa, al girar, dejo caer el huevo. De inmediato la mano se retiró y todo volvió a la normalidad. El doctor, se frotó las manos con satisfacción:
-¡Excelente, excelente, unos pocos detalles y esto estará totalmente listo! ¿Qué les pareció?- Iván tomó la delantera:
-¡Qué bárbaro, no? ¿Para que sirve?- Lo miré desaprobadoramente y quise, en cierta forma, atenuar el juicio que me pareció implícito en la pregunta de Iván:
-¡Sin duda que es maravilloso, aunque… ¿Cómo diría?...¿Algo exótico tal vez?
-¡Ah muchachos, muchachos! ¡No se preocupen, porque los entiendo! ¡Es la tecnología! ¡La evolución! ¡El avance tecnológico! Desarrollé esta técnica para un amigo que va a poner un local de venta de huevos frescos. ¡Creo que llevará al sumun, la certeza del enunciado! ¡Huevos frescos! ¡Más que eso! ¡Comprobablemente fresquísimos!
-Con la misma extrañeza fueron recibidos los primeros celulares, ¿No doctor?- Apoyó, tal vez algo ingenuamente, Liliana. Y cambiando oportunamente el curso del diálogo:
-Bueno, doctor, ya está la comida…
-¡Ah, bueno, hubiera querido mostrarles a los muchachos el resto del dispositivo, pero no importa, lo veremos después de comer, ¿Tienen hambre?
-No hay problema, doctor, como usted quiera. Si le parece lo vemos ahora- Iván parecía querer compensar con su interés, la pregunta de antes.
-¡No, no, la comida no espera! Además se los puedo ir describiendo. Habiendo visto la receptora, entenderán fácilmente el resto.
Nos sentamos a la mesa, en medio de los consabidos comentarios ad-hoc, risas, ruido de sillas, incluso alguna invitación a Ignacio para que compartiera la reunión, pero el doctor Kincanion lo disculpó:
-No, Ignacio preferirá sin duda no estar.
-¿…?
-Pero bueno. Si no les incomoda, les voy contando sobre el equipo.- Dando por descontada la respuesta, continuó:
-Como ustedes comprobaron se integra con tres módulos: El que vieron aquí, es el módulo receptor. En el gallinero ubicamos el módulo que recoge y arroja los huevos. Está integrado básicamente por dos unidades idénticas a las que vieron en el receptor, esos recipientes elípticos cuyas características les describí en ese momento. Uno de ellos, recibe el movimiento que le imprime un conjunto de relay y cilindro hidráulico, que opera con la señal que le envía el disparo de la unidad de aquí. La unidad aquella, se desplaza por una especie de riel y se introduce en el nido, recogiendo el huevo recién puesto. Al recibir el peso, por una inversión de fase, cambia el sentido del movimiento del pistón hidráulico, por lo cual el huevo es retirado hacia atrás. Cuando un sensor de imagen, detecta que ya está fuera del nido, hace actuar un tope que, como sucedió con la unidad que deposita el huevo en la mano, provoca que el huevo quede situado sobre la otra unidad idéntica. En este caso su componente, también hidráulico le imprime un movimiento de catapulta. Naturalmente, la parte más delicada, que es la que concluía cuando ustedes llegaron, es la calibración en altura y azimut de la unidad, lo cual se efectúa regulando dos pequeños cilindros hidráulicos complementarios. En cuanto al elemento disparador de la operación, no es otra cosa que el anuncio de la gallina de que su huevo está disponible. El cacareo actúa sobre un audio sensor colocado en el exterior del tanque. La excitación del sensor genera una corriente eléctrica de baja intensidad que es recibida por el hocico de un pez específicamente entrenado mediante el sistema de educación de reflejos condicionados. Al sentir la corriente, el pez gira y nada hasta a el punto opuesto del diámetro del tanque y empuja una pequeña válvula que permite la salida del agua, la que ustedes vieron en el momento en que puso en disposición al módulo receptor y originó la señal de recolección del huevo. Lo demás, los relays complementarios, los resortes más finos, las cuerdas de reloj, en fin, todas esas cosas más pequeñas, que no por ello, pueden dejarse de lado en la calibración, tienen por objeto coordinar los movimientos de la totalidad del sistema.
-¡Pero es genial!- Atiné a decir.
-Salió bien, sí, pero debo aclarar que fui inspirado en un instante, mientras miraba unas ilustraciones del ataque de los alemanes a Sicilia, en el intento de devolverle el trono de esa región a Constanza, que como ustedes saben, era la legítima heredera. Allí, viendo las catapultas que arrojaban esas piedras redondeadas por efectos del mar y la erosión, fue cuando encontré la solución para el problema.- El tono del doctor Kincanion fue de agradecida modestia. –Hay que tener en cuenta también que armé todo con utensilios y cositas que tenía por acá. Seguramente podré mejorar la perfomance del equipo, cuando recurra a la utilización de circuitos integrados. Pero bueno, coman, coman, por favor, porque mi cháchara los privará de disfrutar de la comida. ¿Viste, Liliana? Yo te anuncié que Ignacio no querría compartirla.
-¡Qué sensible! Acotó Liliana con un ligero desdén.
-Pero, ¿Cuál es el problema de Ignacio? Se interesó genuinamente Iván.
-Es por el caldito de gallina. ¿Salió bueno, no? Lo hicimos con una tía muy cercana de Ignacio. Esas cosas lo ponen de la nuca al pobre Ignacio.
Debe de haber estado muy buena la comida. Pero, corazón sensible al fin, no pude probar bocado.
Rfyamul
Abril de 2007
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