miércoles, 18 de abril de 2007

Deolindo Apelaza

El escritorio de Román Chamot aparecía excesivamente cubierto de papeles y carpetas. No se advertía en el conjunto que un orden determinado estableciera algún tipo de secuencia para su tratamiento o para cualquiera que fuese la actividad que con ellos debiera realizarse. Pero el cerebro de Román Chamot no le iba en zaga. Su mirada vagaba de uno de aquellos papeles, al parecer un informe impreso y firmado por alguien, a las paredes de su despacho o mucho más allá, al horizonte imaginario que podría dibujarse detrás de ellas. Sus pupilas parecían acompasadas con el errático torbellino de su mente. La cuestión que provocaba tal estado surgía del papel, efectivamente, un simple informe: Breve, lacónico, terminante. Pensó en Deolindo Apelaza. De hecho él era el centro de la confusión de sus pensamientos. Ellos iban y venían, pero Deolindo Apelaza estaba siempre allí. Era el eje.

El auto del doctor José María Hanzaut lanzado a excesiva velocidad, zigzagueaba en un tramo recto del camino de montaña. No había casi tránsito a esa hora, las siete de la tarde, pero las banquinas, en algunas partes descalzadas, representaban un inminente peligro para el ocupante del auto, lo cual no parecía haber sido advertido por él.

El doctor Hanzaut conducía su auto con las manos crispadas sobre el volante. Era consciente de haber bebido más de la cuenta, pero estaba alegre y canturreaba una canción de moda a media voz, mientras hacía esfuerzos por ver el camino, que por momentos se le antojaba como oculto en medio de súbitas ráfagas de niebla. No alcanzaba a procesar a nivel consciente que sus ojos se entrecerraban como consecuencia de los efluvios del alcohol, casi palpables en el auto cerrado con cada exhalación del aire de sus pulmones.

Ahora se dirigía descontrolado hacia la banda izquierda del camino y pensó que debería corregir ese rumbo. No era tan difícil. Un movimiento mínimo del volante bastaría. Si sus manos obedecieran a su mente, pensó, sería tan simple como eso. ¿Por qué estarían tan agarrotadas?

Deolindo Apelaza dio el último golpe de pico en el suelo pedregoso. Se irguió, apoyó las manos en la cintura e inclinó el cuerpo y la cabeza hacía atrás; era el gesto maquinal de aliviar sus vértebras y columna que reaccionaron con un par de crujidos. Trabajosamente, recuperó la posición vertical y miró hacia el valle. Debían ser como las siete de la tarde, pensó. El sol totalmente oculto ya tras las montañas, había permitido que las sombras se hicieran dueñas del valle. Miró el tramo de canal que había abierto aquel día y esbozó un mínimo gesto que pudo ser una mezcla de conformidad y algo de satisfacción. Cuarenta pesos representarían las diez horas de duro trabajo. Al día siguiente irían con su mujer al mercado del pueblo. Esas diez horas de hoy equivalían a yerba, leche para el más chico, azúcar, papas, harina, algo de carne para las dos chicas más grandes, en fin, la comida para los cinco durante la siguiente semana.

Aunque había aún abundante luz, sería bueno ponerse ya en camino: Pensó Deolindo Apelaza. Le aguardaba una caminata de más de cinco kilómetros y sería de noche cuando llegara al rancho. Se miró las manos, duras, encallecidas y, sobre todo, doloridas. Se las frotó con fuerza, se encogió de hombros, colgó del pico el bidón del agua casi vacío, se lo echó al hombro y empezó a andar. Cruzó un alambrado y luego de doscientos metros a campo traviesa, salió al camino de ripio. Tomó por la banquina izquierda y alargó el paso.

Alicia Montero hizo un último intento y logró quitar el aguijón que la avispa dejara clavado en el dorso de su mano derecha. Miró la diminuta espina entre los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, maldijo por lo bajo y frotó los dedos entre sí para deshacerse de ella. Luego friccionó el lugar donde el insecto le había picado y finalmente subió en la bicicleta y comenzó a pedalear hacia el camino. Maquinalmente miró el reloj de la Municipalidad. Eran ya casi las siete y Deolindo estaría volviendo a la casa. Ella llegaría antes, con tiempo suficiente para darles la leche a los chicos, bañar al más pequeño y poner el agua a calentar para que su marido encontrara todo listo para el mate cuando llegara.

Atrás quedaron las últimas casas del pueblo cuando dio un giro abierto para tomar el lado derecho del camino, bien pegada a la banquina. Estaba cansada luego de cuatro horas de trabajo. Para colmo, ese día su patrona había decidido que hiciera limpieza a fondo y había pasado demasiado tiempo de rodillas, encerando los pisos de madera. Pero estaba contenta, porque la señora la había premiado con tres pesos extras, satisfecha por el brillo de los pisos y ella había decidido que siendo una ganancia adicional, bien se podía dar el lujo de comprar un paquete de cigarrillos para compartir con Deolindo. Hizo un gesto con su mano derecha, tirando un mechón de pelo hacia la nuca, tomó firmemente el manubrio con las dos manos y apuró el pedaleo.

Pensó que en la semana debería traer a su hija mayor al hospital por ese dolor de estómago que no se le terminaba de pasar. Deolindo insistía con un empacho, pero ella no creía en esas cosas. En ese instante, un auto se desvió de la mano opuesta del camino a gran velocidad y se dirigió directo a ella embistiéndola y haciéndola saltar por el aire, rebotar contra el parabrisas y finalmente, ya muerta, caer en el medio de la ruta.

Álvaro Iglesias, Juez en lo penal, apuraba la firma de los últimos expedientes del día. Casi sin leer, apenas si escuchaba alguna que otra explicación o aclaración que le formulaba el Secretario del Juzgado, Héctor Dimaro. Ya eran pasadas las siete de la tarde, había sido un largo día plagado de situaciones complicadas y, además, su esposa había llamado ya dos veces para recordarle la comida con sus amigos. Quedaban sólo tres expedientes, “cuatro” corrigió el Secretario, agregando el que había mantenido en su mano izquierda. El Juez firmó y se levantó. Saludó al Secretario y a una Oficial que aún tecleaba en su computadora y se retiró.

Héctor Dimaro, Secretario del Juzgado, trajo los expedientes concluidos con la firma del Juez y los depositó en su escritorio. Se sentó, encendió un cigarrillo, atrajo hacia sí la pila de documentos y tomó el que la coronaba, el último firmado ese día. Lo abrió y buscó la parte que le interesaba. La que atribuía la muerte por accidente de Alicia Montero, “luego de las exhaustivas investigaciones y pericias realizadas, a un indubitable hecho fortuito”, en base a lo cual, disponía la falta de responsabilidad penal del sujeto José María Hanzaut, conductor del automóvil. El Secretario sonrió apenas, cerró el expediente, saludó a la Oficial y se retiró.

Lucas Di Fiore, Juez en lo Civil, giró sus manos poniendo las palmas hacia delante, transformando en gesto su decisión de que no le quedaba nada por hacer y dictó a su secretaria la parte final de la sentencia, “declarando que atento a la eximición de responsabilidad penal del demandado, D. José María Hanzaut, conductor del automóvil, correspondía rechazar el pedido de resarcimiento monetario, formulado por Deolindo Apelaza”.

Miriam Apelaza, de cinco años, la mayor de los tres hijos de Deolindo Apelaza y de la finada Alicia Montero, trataba de consolar o entretener a sus dos hermanos menores, Lucía de tres años y Jesús de dos que lloraban, como ella misma lo estaría haciendo si no tuviera que cuidar y ocuparse de los otros chicos. Ella también tenía miedo, como el de ellos. Ella también tenía hambre, como el que a ellos les acuciaba el estómago. Pero su papá le había dicho que ella no debía llorar, porque si lo hacía Dios se enojaría y la castigaría. Sus manos sucias de tierra, dejaron su negra huella, al mezclarse con las lágrimas en la cara de Jesús, cuando la acarició en el vano intento de que él detuviera su llanto. Al mirarlo, no pudo contener la risa. Lucía la miró curiosa y siguiendo la seña de su hermana, contempló la cara de Jesús, surcada por gruesos hilos negros que se secaban ya en el rostro del chico y luego de un instante de vacilación, también se echó a reír. Podrían haber reído con más ganas tal vez si hubieran entendido algo del soliloquio de su padre unos días atrás, mientras les preparaba la polenta. “Ya no tendrán que llorar tanto, porque van a poder comer todo lo que necesiten. ¿Vieron ese depósito que abrieron, allí nomás, a una cuadra? Es de una empresa muy grande. Allí voy a trabajar. ¿Saben? Es chiquito, tendré que hacer muy pocas cosas, sólo cuidarlo, pintarlo, cargar alguna que otra garrafa. Voy a cuidar las plantitas, voy a cortar el pasto, seguro que van a poder ir a jugar allá y van a estar conmigo. Les voy a prepara yo la comida, les podré dar la leche. Porque voy a ganar muy bien. Voy a ganar tanto dinero en cada mes, como no he tenido nunca todo junto. ¡Lástima, carajo!, ¿no? Lástima que la Alicia no esté acá. Pero va a estar contenta la Alicia, porque ella está con Dios y ella nos ve, seguro que nos ve. Seguro que por ella conseguí el trabajo. Por ella y claro, por Dios. Porque Dios es muy bueno y nos cuida. Los cuida a ustedes. Seguro que la Alicia se lo pidió. Ella los cuidaba mucho a ustedes”. Pero claro, Miriam y los chicos no entendían nada de eso. Y tenían hambre. Y tenían miedo.

Deolindo Apelaza entró en el rancho. Sus hijos corrieron hacia él. Alzó en brazos a Jesús mientras sintió a Miriam y Lucía abrazadas a sus piernas, felices por su regreso, luchando por contarle, una antes que la otra, que Jesús tenía lágrimas negras. Dejó a su hijo en el suelo y sacando de su mochila un sachet de leche, se dirigió a la cocina, agitó la garrafa para comprobar que aún tenía algo de gas, encendió la hornalla. Con los dientes nomás abrió el sachet, vertió el contenido en la lechera y la puso al fuego. Esperó a que se entibiara la leche y les sirvió a cada uno de sus hijos una taza. Enseguida dio unos pasos, levantó la cortina que dividía en dos el rancho y se dejó caer en la cama.

Miriam Apelaza dejó la taza y tomó el osito de felpa viejo y magullado, su juguete de todas las horas. En el mismo momento, escuchó un ruido seco y extraño que venía desde el lugar que hacía las veces de dormitorio de su padre. Miró a sus hermanos, pero ellos permanecían ajenos, concentrados en terminar su leche. Se bajó de la silla y se dirigió hacia la cortina.

Román Chamot, leyó por última vez el párrafo que ya conocía de memoria: “Deolindo Apelaza. Informe pre-ocupacional. Se ha detectado una espina bífida. No apto para trabajos que requieran esfuerzos”.

Miram Apelaza no encontró a su padre en la cama. Se quedó inmóvil, seria, con las manos caídas al costado del cuerpo, la izquierda sosteniendo apenas el osito, porque al levantar la vista lo vio. Miraba sin comprender, los ojos abiertos en la cara inclinada de su padre, colgado del cuello con un cinturón sujeto a la cumbrera del rancho. Se dio vuelta, regresó hacia donde aún sus hermanos seguían sentados a la mesa. Se sentó en el piso, contra la pila de leña y se puso a acunar a su osito.


rfyamul
Abril de 2007

1 comentario:

BUFALO dijo...

Buenisimo, estaria bueno que retomaras el acto de compartir tus escritos, que son tan elocuentes